Del silencioso confinamiento al griterío de la desescalada

Cuando comencé este blog, quería, en parte, rescatar esa columna de opinión con la que soñaba cuando escribía en la revista del colegio y aspiraba a ser escritora o columnista y todo era posible. Abrir el blog, ya lo dije en su día, era un forma de reencontrar mis deseos y quizás de volver a pelear alguna batalla que había dado por perdida. Pero cuando apenas había trazado un plan de escritura, llegó el coronavirus y tomó nuestras vidas por asalto. Convertido en monotema, lo invadió todo y colonizó nuestras mentes. Y ha habido muchos días de estar cansada para pensar y escribir más de lo mismo.

La pandemia de la Covid-19 nos obligó a meternos en casa, hizo de nuestro hogar nuestro lugar de trabajo, confundiendo nuestras paredes diarias; nuestra ventana para imaginar y contemplar atardeceres fue la de los aplausos y la búsqueda de un consuelo imposible; las calles se llenaron de silencio y las palabras quedaron condenadas a vivir entre dispositivos electrónicos donde les faltaba toda la piel de la caricia y el abrazo que tanto necesitábamos.

A medida que avanzaron las semanas, las cifras y el miedo se fueron adueñando del día a día. Esperábamos los datos oficiales como quien espera noticias en una sala desolada junto al pasillo de paliativos. Conociendo o no el nombre o el rostro de las personas que estaban en las UCIS, conociendo más o menos de cerca los casos y la evolución de personas infectadas, conociendo el mayúsculo reto de los hospitales… todos estábamos en esa espera que vivimos durante semanas en un abatimiento comunitario. Fueron días de lágrimas privadas e íntimas. Llorábamos por la impotencia y el agotamiento de los sanitarios, por sus muertes; llorábamos por los tanatorios desbordados y las morgues improvisadas, por la prohibición de unas despedidas humanas y fraternas; llorábamos por el abandono de los ancianos que morían solos y sin cuidados; llorábamos por la necesidad y las colas del hambre que empezaban a recorrer los barrios de forma tan sigilosa y callada como surgían las redes de ayuda mutua.

Quizás haya que recordarlo ahora, cuando las cifras de fallecidos se sitúan en torno al medio centenar, hubo días en los que rozamos el millar. Y también llegó ese día en el que el recuento a la baja comenzó a ser tendencia y se hizo real aquella frase horrenda de “doblegar la curva”.

“Menos que ayer, menos que ayer”: repetíamos en un rezo secreto.

Lo malo es que a medida que las cifras nos empezaban a dar esperanza y se abrían algunas grietas de un confinamiento estricto, con los paseos infantiles y las pequeñas caminatas sin bolsa de la compra, comenzó a romperse el silencio. Y lo hizo de la peor manera posible: con insultos o malos modos, con acusaciones falsas e irresponsables, con el juego sucio político llevado al extremo del bochorno y la vergüenza ajena, con la dimisión de personal técnico que no estaba dispuesto a firmar contra su conciencia. Si durante los días más duros en la evolución de la pandemia en España, algunos dudamos de los mensajes esperanzados que apelaban a que esta crisis nos haría mejores, la confirmación de nuestros temores era atronadora a través de los medios de comunicación.

El calendario avanza y cada día veo menos la televisión y mantengo menos tiempo la radio encendida, no soporto ese repugnante juego dialéctico sin un ápice de ética; leo algunos titulares de prensa por mantener un pie en el mundo, pero me tomo muy en serio la distancia necesaria para protegerme del daño. Y en las redes sociales, constato también la división y el odio. Por eso, las pocas veces que he querido dejar un comentario medido y moderado o he compartido alguna iniciativa que me parecía adecuada, me ha pasado lo que no me había ocurrido hasta ahora, que he recibido un comentario que se parecía mucho más a un escupitajo que a un argumento.

Deberíamos recordar que escupir está muy feo.

Los que tenemos cierta edad vimos carteles que prohibían escupir en los remotos autobuses que iban a la periferia. Mis ojos infantiles los miraban sorprendidos, porque yo no entendía por qué había que escupir en un autobús ni en ningún sitio. Ahora que sabemos tanto de la carga vírica de gotas y microgotas de saliva deberíamos restringir al máximo la palabra convertida en esputo que se extiende en ámbitos políticos ante el estupor de buena parte de los ciudadanos.

Por un momento, he llegado a agradecer que los bares estuvieran cerrados y que se hayan evitado broncas de barra que podían haber acabado mucho peor que las de aquellos lunes, ¿os acordáis?, tras un partido de fútbol de rivalidad máxima y polémica absurda.

La diferencia entre aquellos rifirrafes y los de hoy es que ahora, sí, nos va la vida en ello. La vida de todos. Y que no podremos salir de esta crisis sanitaria, con sus derivadas sociales, económicas, educativas y políticas, desde el enfrentamiento, la mala gestión y la mala baba. Necesitamos profesionales y buen criterio, anteponer el interés colectivo al individual y en ese sentido, me gustaría expresar toda mi admiración por Fernando Simón, que me parece la persona que desde el principio y al límite de sus fuerzas, ha mantenido el pulso de esta crisis echándose a sus espaldas mucho más de lo que se le podía exigir. A diferencia de otros, Simón se ha dado cuenta de que tenía que dar lo mejor de sí, y lo ha hecho. Ha trabajado, ha pasado la enfermedad, ha seguido coordinando a su equipo del que no ha dado nombres para proteger su independencia. Lo que me pareció mal al principio, un gesto oscurantista, ahora me parece un acto de extrema generosidad. Por eso confío en que esas querellas que le están presentado acaben en el cubo de la basura.

Llevamos mucho tiempo en casa y mucho dolor acumulado. Hemos consumido muchas horas de información que incluían tanto mensajes de odio como de esperanza, momentos de justicia y solidaridad junto a insidias y malas prácticas, todo ello sumado a grandes dosis de propaganda política, de muy diversa índole, que a todas luces sobraba en el menú del confinamiento.

Como ciudadanos, estamos haciendo una digestión más que pesada.

Personalmente, sé que aún no toca salir a la calle en masa. Sé que, si no se puede garantizar la distancia de dos metros, toca usar mascarilla aunque la odie y su uso solo me permita una respiración de aire limitado y turbio. Sé que debo ser corresponsable con el esfuerzo sanitario, con los fallecidos y los vulnerables. Acato las leyes y no por eso dejo de pensar. Leo, reflexiono y hablo con la gente que distingue entre palabra y escupitajo.

Sé que volveremos a las calles bajo una gran sábana blanca, en señal de paz y en defensa de la sanidad pública, y que me tendrán enfrente todos los que han hecho dejación de funciones y han actuado de mala fe para sacar un puñado de votos a costa del odio y otros instintos primarios. No habrá olvido para los fallecidos ni perdón para los irresponsables.

2 comentarios sobre “Del silencioso confinamiento al griterío de la desescalada

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    1. Mil gracias, Celia. No ha sido fácil. Supongo que por eso he tardado un mes en retomar el tema, porque empecé otro texto y estaba lleno de gusarapos. Menos mal que lo dejé dormir. Un abrazo y ánimo.

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