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Ucrania: nueve meses de guerra

Recuerdo perfectamente el día que comenzó la invasión rusa de Ucrania. En la madrugada del 24 de febrero de 2022, Vladimir Putin anunció el inicio de los bombardeos en un discurso televisado. Nocturnidad y alevosía para un escenario que, durante las semanas previas de encuentros diplomáticos y noticias confusas, jamás imaginé que llegaría a ocurrir. Y sin embargo, estaba pasando.

Cuando encendí la radio aquella mañana, la rutina informativa también había saltado por los aires. El horror de un ataque a gran escala con bombardeos sobre ciudades como Kiev, Járkov u Odesa había cambiado el anodino guion habitual: la retahíla cansina de la agenda mediática, la información meteorológica, el estado de las carreteras en hora punta y los consabidos argumentos de los contertulios habituales.

Volví a preguntarme por mi adormecido olfato periodístico. Si alguna vez lo tuve, no era el mejor día para pensar que seguía ahí. Durante semanas vi a Putin como un fanfarrón insensato jugando de farol, un ególatra encantado de ser el centro de todas las miradas. Dimos más importancia a la medida de la mesa de sus encuentros internacionales que a lo que estaba gestándose en su cabeza. La falta de buenos análisis y lecturas, junto a la necesidad de refugio, me habían llevado a creer que no habría guerra. Me había equivocado.

La jornada entera fue triste. Las noticias convertían las horas en una derrota colectiva, una más. Se me despertaron los recuerdos de otras imágenes… La guerra de la antigua Yugoslavia y el genocidio de Ruanda; las víctimas de Chechenia, Colombia, Palestina… Algunos de esos conflictos los seguí de cerca en el verano de 1995, como redactora en prácticas del Canal Internacional de Televisión Española (TVE).

Imaginé la efervescencia de las redacciones, las pantallas encendidas con la señal de televisiones de todo el mundo, los sucesivos envíos de agencia y los preparativos apresurados para el viaje de los primeros enviados especiales. Pero me sentía muy lejos de todo aquello. Incluso me indignaba cierto sabor a adrenalina, una extraña euforia ante las narraciones envanecidas de quienes se creían protagonistas de la historia del siglo XXI, que estaba cambiando ante nuestros ojos. Nunca sintonicé con un periodismo espectáculo y sigo soñando con una misión de servicio público, concebida como herramienta para lograr una población mejor informada y más culta.

No fue un día fácil. Fracasaban la humanidad y su relato. Los intereses de diversa índole ocupaban el tablero de juego y comenzaban a extenderse como el aceite, igual que las mentiras. Las mejores intenciones se convertían en atropelladas iniciativas solidarias mientras los propios ciudadanos de Kiev derribaban los puentes de su ciudad. Aquella imagen sí era clave y comprensible, estaban dispuestos a luchar y eso implicaría una guerra larga. La población se dividía, entre la huida o prepararse para resistir. Los de siempre se frotaban las manos. También los de siempre enterraban los primeros muertos.

Aquella tarde me detuve mucho tiempo ante un parque infantil. Era jueves, pero el calendario escolar de Madrid lo había convertido en viernes de carnaval. El día siguiente no era lectivo y la jornada había sido especial, sobre todo, para los más pequeños. En los columpios, niños y niñas jugaban luciendo aún sus disfraces. Miré a quienes iban vestidos de superhéroes, hadas y otros seres mágicos; y no pude evitar pensar que necesitábamos héroes, heroínas y espíritus benefactores para salir de este tiempo sombrío. Frente a su bullicio y su alegría, imaginé los parques de las ciudades ucranianas, cargados de silencio y miedo. En los bancos cercanos, había mujeres embarazadas y parejas que acunaban el coche de un bebé mientras seguían con los ojos las idas y venidas de otro u otros críos; las charlas de algunos abuelos se mezclaban con las de algunas empleadas de hogar… la vida seguía a pesar de todo, y constituía un pequeño alegato a favor de la esperanza.

Entre tanto, mi cabeza viajaba a las escenas pequeñas que, a buen seguro, debían de seguir ocurriendo en las ciudades ucranianas. Me era fácil imaginar a alguna mujer que, en el baño de su casa, acabaría de enterarse de que estaba embarazada; alguna persona que habría recibido un mal diagnóstico en la cita médica posterior a unas pruebas; y alguna familia que estaría regresando del cementerio, tras enterrar a alguno de sus mayores tras una enfermedad de meses o semanas. Todas aquellas noticias íntimas se estaban sumando a la grandilocuencia de aquel 24 de febrero de 2022.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Y yo, muchas tardes, he regresado al mismo parque sobre la misma hora. En los días de lluvia y del calor intenso del verano, los columpios estuvieron vacíos y su imagen desolada me trasladó a las ciudades sin vida de la guerra. ¿Dónde están los superhéroes que podrían salvarnos de la debacle? He seguido pensando en aquellas personas que imaginé el primer día de bombardeos. Ahora que se cumplen nueve meses de invasión, estarán naciendo los bebés cuya gestación se ha producido durante la barbarie. Me pregunto cómo habrá sido escuchar su llanto tras el parto.

Con el tiempo, Ucrania se ha convertido en una guerra larga, como ocurrió en Siria, con muchos elementos en común. Salvo hitos significativos para el relato global (un salto cualitativo en el número de víctimas, en el objetivo alcanzado, en la atrocidad perpetrada o el cambio de bandera de algunas ciudades), ha dejado de abrir los informativos. Ahora Ucrania es una guerra más, como tantas, aunque más cercana en lo geográfico y con implicaciones económicas que tampoco se quisieron abordar desde el principio. Y mientras tanto, la población afectada ha intentado seguir con sus vidas. Sus duelos y su enfermedad, sus problemas laborales, su horizonte agrietado por decisiones ajenas.

Los columpios desiertos al caer la noche me interpelan. Recientemente, hemos alcanzado la cifra de población récord: somos ya 8.000 millones de personas. También en fechas recientes se ha celebrado una nueva cumbre climática cuyas conclusiones y acuerdos distan mucho de ser los ideales. Me pregunto qué mundo estamos dejando a quienes vienen detrás, a quienes rompen a llorar en su primer contacto con el aire que nos hemos acostumbrado a respirar.

Quizás todos, en los actos diarios, deberíamos pensar en algún niño, visualizarlo, y comprometernos con su inocencia y su futuro. Recuperar sus preguntas y sus respuestas. Abrazar sus tiempos y sus pausas. Simplificar el día a día, porque quizás la felicidad de todos pueda ser mucho más básica: alimento, afecto y abrigo.

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