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Recibir el otoño entre libros y un poema

Comenzó y acabó la Feria del Libro y se despidió el verano, dando paso al otoño. De nuevo, el calendario parece ir al revés, acostumbrados como estábamos a una feria primaveral que regalaba tormentas junto a los primeros días de un calor insoportable y agorero. En esta última edición, cuando todo sigue teniendo un punto de extrañeza, se mantuvieron las tormentas mientras todo lo demás se me hizo raro. Así viví el acelerado paseo que pude dar (apenas una hora y media de una tarde, ¡ay!), por la Feria; en un viaje entre casetas fuera de lugar, fruto de una disposición endiablada, mientras la noche se echaba encima con el relente amenazando el primer resfriado y la sensación de que también esta cita se volvía a la vez deseada y hostil, un nuevo fruto de este destiempo permanente.

Pero, al menos, fui. Voy a quedarme con lo bueno. Al menos, volví a ver libros y casetas y caras conocidas y queridas. Al menos, me llevé alguna firma deseada y alguna sobrevenida. De rebote, me topé con mi admiradísimo Manolo García, del que soy una fan devota desde la adolescencia, como prueban las cintas de casete de Los Rápidos y Los Burros, la colección completa de El último de la Fila y sus trabajos posteriores en solitario, que guardo como tesoros. No me detuve en la larga fila de admiradores que aguardaban turno. La mayoría era de mi quinta y le contaba la misma batallita que yo le hubiera ofrecido: las canciones vividas sobre la piel, los conciertos que pude presenciar y los que lloré sin entrada, las veces que le escuché en directo dando saltos entusiasmados y coreando hasta la afonía. Los guardias de seguridad ya estaban avisando de que tal vez no habría tiempo para todos. Me ganaron la pereza, la premura de los tiempos y la sorpresa del imprevisto. Me prometí volver a escucharle pronto. Robé una foto que evitaba a la admiradora que podía haber sido yo y volví a retomar el rumbo de las casetas que estaban a punto de echar el cierre.

Atravesé la Feria como una loca sin plano, como “el loco de la calle” de aquella canción, jugando con el mal azar de quien dispuso una numeración caótica partida en cuatro hileras. Demasiados planos paralelos para una cabeza de letras al límite de las fuerzas y de la propia paciencia. No pude encontrar todo lo que buscaba. No tuve tiempo del paseo relajado de otras ediciones, cuando el calor cedía y el sol permitía el respiro de las casetas caídas en desgracia, en el extremo achicharrado.

Aunque un día después de publicar el artículo inicial, voy leyendo noticias que me hacen ver las cosas de otra manera, y retocar el texto con este nuevo párrafo. Quizás mi errático paseo no se debió al despiste y al cansancio, sino a que la Feria, este año, ha maltratado a las pequeñas editoriales que suelen ser mi objetivo, y así lo han hecho constar en una carta abierta que reclama explicaciones y dimisiones. Estaban mal situadas, aunque les cobraron lo mismo y les supone un esfuerzo mayor asumir todos los extras de quince días de Feria; han sido arrinconadas aunque, desde mi punto de vista que es el de muchos, estas pequeñas firmas son las que hacen que la Feria del Libro de Madrid merezca la pena, porque muchos lectores amamos su fondo editorial y la Feria es el mejor escaparate para que un libro nos lleve a otro, y para ojear títulos que en su momento no vimos, pero que una vez cerca de los dedos, no se nos vuelven a escapar.

Este año no tuve tiempo de procesar todos los recuerdos que mueve cada Feria del Libro, porque esta vez era tan distinta que no se producía esa llamada inconsciente de la memoria. Pero los recuerdos siguen ahí. Vinieron en tropel el día de la inauguración, cuando ante las imágenes por televisión pude evocar aquellas ferias normales, cuando la primavera y el verano se aliaban; cuando trabajaba muy cerca y El Retiro era un paseo habitual, donde me paraba un día sí y otro también, y vagaba entre casetas, mecida por el runrún del anuncio de las firmas; cuando recorría la Feria de niña, soñándome como autora al otro lado de los mostradores. Al ver la fotografía del mosaico que formaban todas las portadas en la caseta de Bartleby, también caí en la cuenta de que mi libro, De paso por los días, había cumplido cinco años, en la última primavera, cuando yo cumplí cincuenta. Abril y mayo fueron meses en los que no nos pudimos reunir para celebrar nada, y si lo hicimos fue con celebraciones íntimas y pequeñas que abrigaban un corazón castigado sin abrazos ni demasiadas alegrías.

Este tiempo pandémico y raro nos ha movido y removido tanto, que seguimos descolocados. Pero la Feria ha vuelto y aquel libro, con sus cinco años cumplidos, se ha asomado nuevamente al Paseo de Coches del Retiro, consciente de que la poesía no caduca nunca. También he recordado que muchos de los poemas del libro se escribieron en ese maravilloso parque de Madrid. Aquellos paseos habituales eran un bálsamo, en los que, contra la rutina y la barbarie diaria, yo buscaba la paz en el rumor del arbolado; escudriñando los colores y los movimientos de las hojas que daban paso a una estación tras otra; espiando la presencia de aves e insectos que buscaban agua, sombra o resguardo; topándome con otras miradas igual de melancólicas, felices o heridas que la mía.

Cuando acabé la primera versión del libro, estructurado en las cuatro estaciones, éste comenzaba por la primavera, manteniendo el orden de la escritura original. Pero luego, en las sucesivas correcciones, fui pensando que la primavera era más obvia, más habitualmente lírica y cambié el orden del libro, que empezó por el otoño.

Ahora, ante este nuevo otoño, que tiene mucho de reinicio; que, en lo personal, está siendo un tiempo de reencuentro y abrigo para conmigo misma, quiero recuperar alguno de esos poemas. Para celebrar el quinto aniversario de aquel libro que fue camino y sueño, para recuperar las fuerzas ante el futuro, para trazar un presente más transitable y consciente. Ojalá.

Porque la poesía siempre es refugio. Porque he cometido la torpeza de olvidarme de lo importante. Porque cada septiembre es un principio y soy afortunada, os dejo este “Paisaje” que se escribió hace muchos, muchísimos años; y aún me habla del valor de los sueños que se intentan. Y de no desfallecer.

PAISAJE

Sorprende a los ojos

viajeros del trópico

la caducidad de castaños

y plátanos dormidos,

asumir el rojizo

de la vida que se extingue.

En el recuerdo

se borran las palmeras,

las sombrillas de pobre.

El árbol caduco

es rescoldo de fuego,

remoto vuelo naranja

del ave del paraíso.

(De paso por los días, Bartleby, 2016)

Septiembre: tiempo de promesa

Septiembre tiene mucho de promesa. Eso fue tantas veces nuestro inicio de curso. Soñar lo que nos esperaba, no dormir en la víspera del primer día de colegio; desear buenos docentes y asignaturas motivadoras en los años universitarios, tan decepcionantes en tantos casos.

Ya no vuelvo al cole, pero mi año empieza dos veces. Y en ambos, estreno agenda de papel: la laboral, en septiembre; la personal, en enero. Por eso, todos los días que paso ante la fachada de las papelerías y librerías del barrio donde estos días hacen cola niños y mayores, me identifico con ellos. Y recuerdo con nostalgia la compra de material escolar nuevo, escaso pero ilusionante; y aquellos plásticos tediosos que nunca quedaban bien, con los que aprendíamos a cuidar incluso los libros que acabaríamos odiando.

Septiembre tiene también un poso de recuerdo y renovación que se conjugan bien. Volvemos de las vacaciones, de un tiempo distinto. Retomamos las tareas que nos agotaron antes de la pausa estival y tal vez, en este tiempo de reencuentro personal, hemos asumido cambios que tendrán que ensayarse y plasmarse ahora. Nos hemos prometido cuidarnos más, exigirnos menos, más descanso y más abrazos, más tiempo de calidad para nosotros y para la gente buena que nos rodea e importa.

Miro hacia atrás. A lo lejos, en días como estos recupero el recuerdo de las fiestas de otros septiembres. Fiestas de vendimia y vírgenes, bailes de verbena y coches de choque, los conciertos juveniles, las procesiones religiosas y su ritual de bendiciones. Ahora España es un país sin fiestas ni alegrías oficiales y tal vez por eso, la fiesta no es compartida. La pandemia nos ha roto; y mientras unos han asumido que no es tiempo de masas, otros las reivindican con furia y urgencia, como si no pudieran esperar más.

En los recuerdos más próximos, vuelvo a mirar las últimas fotos guardadas en el móvil. Sé que fueron verdad, que estuve en esos lugares. Ahora parece imposible que agosto se haya esfumado. Que no haya mar ni bosque, que no llevemos encima el plano mal doblado de una ciudad por descubrir, que preveamos cada calle y cada itinerario, y que aún no haya ninguna escapada en el horizonte.

Estos días vuelvo a escuchar las voces y los tiempos de la calle que me faltaban desde junio: el trasiego, las risas y los gritos de los jóvenes que acuden al instituto cercano, los timbres y músicas que estuvieron apagados y marcan otra vez el ritmo de sus horas y las mías. Discreta y simultáneamente, los árboles se están vistiendo de marrón a toda velocidad. Era más imperceptible a mitad del verano, pero ahora, las hojas han llenado las aceras de forma más temprana, quizás por esa ola de calor que pulverizó Madrid con fuego. Esos árboles insisten en reclamar nuestra mirada. “Me apago, me desnudo, no daré sombra por mucho tiempo”, me dice el castaño de la plaza. El mismo que ha sido, sin nombre, mi compañero en tantas horas de teletrabajo, horas de ventana cuando soñé otros paisajes.

No hay que desesperar ante la inminencia del otoño. Los teatros vuelven a levantar el telón, la cartelera podría salir de su letargo y en El Retiro, la Feria del Libro de Madrid vuelve a citarnos, después de tanto y después de todo, para que sigamos soñando con la primavera. Podría ser que tras esas hojas, que caducan en los árboles, se escondan otras de papel y tinta dispuestas a acompañarnos de por vida.

Es todo tan incierto… Y a pesar de ese temblor, tenemos que seguir soñando. Nos lo hemos prometido. Para eso hemos resistido estos meses tan duros y tan amargos. Eso nos juramos ante el mar y bajo los pinares del verano. Septiembre es recuerdo, pero también promesa de un tiempo nuevo. Por fuera y por dentro. Vamos a ello.

Semillas portentosas para resetear el sistema

Agosto se va apagando en el rescoldo de su fuego, tan térmicamente real en este verano de temperaturas extremas e incendios que nos empobrecen y nos debilitan ante el clima riguroso que nos espera. El calendario quema las últimas hojas hacia la vuelta al trabajo y mientras deshago la maleta y todas las cosas vuelven a su lugar, también hago balance.

Pienso en las líneas que escribí a finales de julio, cuando necesitaba una pausa y un cambio de aires tanto como respirar, quizás porque todo era lo mismo. Está claro que no solo me ha pasado a mí. Hasta la Dirección General de Tráfico (DGT) lanzó una campaña pidiendo prudencia, aprovechando el reclamo de que estábamos ante un verano muy especial y merecido.

Afortunadamente, la vida me ha brindado muchos veranos inolvidables. Entre todos ellos, éste ha sido lo que necesitaba: la pausa y la calma, el cambio del paisaje, recuperar el placer de la lectura y la escritura, el descubrimiento de nuevos lugares, la celebración de la brisa y la pereza, el tiempo de la conversación y la caricia.

Hasta cierto punto, he desconectado de la actualidad informativa, aunque con un móvil en la mano es difícil ignorar qué ocurre fuera del ámbito más cercano. Y en estos últimos días, prepararse para la vuelta a la normalidad ha sido también digerir algunas noticias que se hacían intragables. Entre ellas, ver como ese bien de primera necesidad, la electricidad, se ha convertido en artículo de lujo mientras las eléctricas declaran beneficios insultantes; el regreso de los talibanes al gobierno de Afganistán; la devolución de menores a Marruecos sin ninguna garantía; y la llegada de nuevas pateras a nuestras costas, con su dilema de supervivencia y naufragio, con el relato de la muerte que se pudo evitar.

Curiosamente, sin hacer un análisis exhaustivo, tengo la sensación de que, entre todas ellas, Afganistán ha levantado más titulares y ha generado más horas de información al servicio de la confusión y la falta de análisis. Es decir, nos han metido por los ojos lo que geográficamente nos queda más lejos y el asunto en el que, como ciudadanos y votantes, menos fuerza podemos hacer dada la situación del país afgano, convertido en un daño colateral de la geopolítica del más alto nivel.

Reconozco que ese abismo entre nosotros y Afganistán y esa preocupación colectiva repentina, me generó un enorme estupor. ¿Me había vuelto insensible? Después de varias horas dándole vueltas y recordando tantas manifestaciones y proclamas en las calles, tantas firmas aquí y allá, tantas lecturas… entendí que Afganistán no me sorprendía porque su destino estaba escrito desde hace mucho.

Apenas sabíamos nada de ese país hasta que se le culpó de ser refugio de los autores del 11-S. A partir de ahí se justificó una ocupación vergonzosa e ilegal, mientras ese ente nebuloso que llamamos comunidad internacional, cada uno con sus intereses, intentó sacar tajada. La retirada de tropas apenas cambia nada. Afganistán ha generado refugiados en estos veinte años, ha sido uno de los peores países del mundo para ser mujer o niña, pero no el único. Afortunadamente, encontré un artículo esclarecedor de Olga Rodríguez, que conoce bien la situación, la historia y a muchas y muchos afganos. En sus líneas, que demuestran que aún queda periodismo de verdad, habla de cinismo y acierta de pleno. ¿Cómo se pudo creer que una guerra y largos años de ocupación política, económica y militar generarían algo bueno para un país que, desde el minuto uno, fue objetivo de diversos mercenarios?

Cinismo, esa es la triste clave.

Supongo que necesitamos creer que con los tres, cinco o diez aviones que va a fletar cada gobierno hemos arreglado algo. Es cierto que algunas personas salvarán la vida, pero no sabremos cuántos ni en qué condiciones. Su llegada y su vida en Europa estará tan llena de obstáculos como la de quienes les precedieron; basta recordar otra mentira bonita, aquella de “Wellcome Refugees” de hace años. La comunidad internacional ya mencionada vuelve a organizar cumbres de urgencia y, como en otras previas, se vislumbra una de las estrategias a seguir, dar dinero a los países limítrofes para que contengan el flujo de la desesperación. O ¿también hemos olvidado el dineral que recibió Turquía para hacer el trabajo sucio con la crisis de refugiados que vivió Grecia en 2015? A sus costas llegaron, de forma mayoritaria, sirios, iraquíes y afganos. Esos países tan jodidamente liberados, gracias a varias guerras empujadas por occidente de las que todos tenemos memoria.

En la misma línea, también supongo que queremos creer que los menores que vuelven a Marruecos estarán mejor con sus familias. Aunque es fácil intuir lo que subyace en la vida de esos niños y jóvenes que huyen de sus hogares o de las calles donde vivían. También dormiremos mejor si pensamos que las pateras en las que mueren personas a diario o la situación de miles de personas que han llegado a nuestras costas no es cosa nuestra sino suya: porque se subieron a cuatro tablones que les prometían un sitio mejor. Venían a nuestra casa y se han muerto en las puertas.

Lamentablemente, yo no tengo soluciones sino la certeza de que somos los testigos de una gran tragedia. A diferencia de otras guerras, otros genocidios, epidemias y desastres naturales de otras épocas, nosotros vemos las consecuencias en pantallas inevitables y, por eso, no podemos decir que no estamos al tanto. Pero ante la magnitud de los desafíos y la intencionada ocultación de las causas, lo cierto es que cada vez nos sentimos más indefensos y vulnerables. La globalización, la dimensión mundial de las decisiones económicas, políticas, sociales y medioambientales nos afectan, pero estamos lejos de poder intervenir. Sólo nos ofrecen dolor, el que cada uno gestiona como mejor sabe y puede.

Los que hemos cumplido cincuenta años vimos, muy jóvenes, aquellas acampadas que reclamaron el 0,7% para cooperación internacional. No hace tanto, celebramos una primavera de esperanza. En el mundo árabe, brotaron las revueltas y las peticiones de libertad y futuro; nuestras plazas se iluminaron con el 15M e incluso a las puertas simbólicas del poder financiero acamparon muchas personas bajo el lema “Occupy Wall Street”.

El ejercicio de memoria no puede más que dejarme un regusto amargo. Me reconozco vencida. Y sin embargo, hay muchas personas que aún no han bajado los brazos y que, en muchos casos, se juegan la vida por defender los derechos de otros y la salud de su tierra amenazada. Su coraje y su determinación son un último bastión de esperanza. Pienso en ellos y en que necesitamos semillas. Ojalá sean tantas y tan portentosas que sirvan para resetear por completo el sistema.

No dejo de pensar en la frase atribuida a Mahatma Ghandi: “Hay suficiente en el mundo para cubrir las necesidades de todos, pero no para satisfacer su codicia”. Ahora, somos muchos más habitantes sobre la tierra que cuando él expresó esta dicotomía; y además, nos han hecho creer que necesitamos demasiadas cosas, pero también se han dado notables avances científicos que pueden jugar a favor.

Me pregunto si seremos capaces de asumir los cambios. Estamos en un momento en el que más que parches, necesitamos reiniciar desde lo pequeño, desde la dignidad de todos y la generosidad de cada uno; y acabar con la codicia. Eso también lo he pensado este verano, contemplando la calma y la belleza del paisaje; o ante la fuerza de una brizna verde, que crece y da sombra y esperanza, contra todo pronóstico.

Una oración para el verano

Hubo un tiempo en el que al inicio del verano empezábamos a soñar con las olas. Aquel Atlántico juguetón o furioso que nos desafiaba, al que contestábamos con la alegría y la fuerza de la infancia. Hubo un tiempo en el que, acariciando los últimos días de las vacaciones, se hablaba de uvas y cepas. Todo Jerez olía a vendimia, y el sol marcaba la pauta y el ritmo de aquel esfuerzo sobre los viñedos de la tierra albariza.

En este verano, las olas y las cepas son otras. No auguran nada bueno, pero aún así, necesitamos un verano que nos acune, que nos cuide, que nos sane. Un verano que ponga remedio al cansancio de cada uno. Un verano que nos ofrezca noches largas de conversación al fresco, nuevos baños de mar, el sabor de sardinas y guisos marineros junto a un puerto, la pereza de la siesta, el paseo entre la neblina de los bosques del norte, el frescor y la penumbra de los templos de piedra, el placer de las lecturas aplazadas, el sosiego de los lugares pequeños, el rumor de un riachuelo, el recorrido por las salas pausadas de un museo, el zumbido de algún insecto inofensivo, el silencio de amaneceres ajenos al horario laboral y la gozada de mirar el cielo durante horas…

Tenemos tantas ganas de un buen verano que los planes se nos hacen un nudo y rezamos hacia dentro, en una oración pagana que implora compasión. Tenemos tantas ganas de mar que el embarcadero del lago de la Casa de Campo nos resulta una alucinación propicia y una promesa. Así me pareció el pasado viernes, cuando la brisa aligeraba el calor sofocante de los días previos y una enorme luna desplegaba belleza con todas sus fuerzas, y nos la transmitía. Y era posible ver el mar desde Madrid.

Ojalá logremos el descanso que anhelamos, la paz que hemos echado en falta, el tiempo de la escucha hacia los demás y hacia nosotros mismos.

Os deseo lo mejor para estos días por venir y espero que lo podamos contar y compartir a la vuelta. Felices vacaciones, feliz pausa, feliz descanso.

Recortes del tiempo efímero

Me encantan los periódicos. Su tacto, su olor, la sensación de nuevo y viejo que dejan sobre las yemas de los dedos. Desde hace demasiado tiempo tengo el gusto o la manía de archivar, conservar, apilarlos… Siempre pienso que un día recortaré el artículo que tanto me interesaba, que leeré los análisis de fondo, esa mirada, al margen de la fecha de publicación, que explica certeramente la realidad que nos concierne.

Pero lo cierto es que rara vez tengo tiempo para volver a ellos y al final, están destinados a ocupar un rincón de la casa donde acaban por volverse paisaje. Hasta que un día su presencia sombría acaba por molestar y los tiro sin ver, o les doy una última oportunidad de lectura inoportuna y desmerecida.

Ocurre entonces que las noticias son viejas, aunque el periódico no tenga más de unas semanas. Que apenas recuerdas algunos de los sucesos que incluye. Que se produjeron novedades, giros inesperados, reacciones, traiciones, mentiras… Ocurre que la crónica de aquel cercano entonces contrasta con lo que esta mañana escuchabas por la radio entre el sonido del agua de la ducha.

En España, lamentablemente, los periódicos se llenan de lo que dijo menganito y contestó fulanito. También es habitual que los susodichos sean políticos muy bien remunerados que aún no han entendido que les pagamos por hacer más que por hablar. De ahí que una gran mayoría pierda la fuerza por la boca, y una buena parte de su sueldo desaparezca convertido en saliva cuando no en mala baba. Esas páginas de crónica declarativa de circunstancias y coyuntura no soportan ni un par de días sobre la mesa. Son irrelevantes, y sólo constatan su inoperancia y nuestra decepción.

Sin embargo, hay noticias y testimonios que nos conmueven, de buena mañana; datos económicos de consecuencias y sombras alargadas; dramas grandes y pequeños que nos atraviesan; países y regiones que estallan en convulsiones sociales o escaladas bélicas, y luego no resisten la agitación del suceso continúo en nuestra asfixiada memoria. Eran noticias que abrieron sección, que estuvieron en portada y con el paso de los días son olvido.

Hoy ha sido uno de esos días de limpieza. Antes de que los periódicos hicieran su último viaje al contenedor azul, les he echado ese vistazo rápido que inútilmente intentaba hacerles justicia. Como otras veces, entre sus páginas han surgido muchos titulares que no han dejado de hacerme preguntas: sobre la fragilidad de mi memoria, sobre el azar de lo importante, sobre las sombras y las luces que cubren la actualidad, sobre los intereses que mueven el foco y hacen girar nuestra mirada.

He recortado esas páginas para darles una oportunidad de lectura sosegada, de seguir el hilo y no olvidar… porque esas noticias que un día se colaron en un periódico nos siguen hablando de un mundo roto que no queremos ver.

Hay titulares como el que dice que “La mayoría de las empleadas domésticas carece de un hogar digno”, y nos recuerda que alguna vez las calificamos como esenciales; la noticia se publicó en la sección de Madrid, ese territorio donde la libertad depende de la cuenta corriente. Un artículo amplio explica que en España, en mayo, había registrados 8,134 menores extranjeros tutelados, que se verán en la calle al cumplir la mayoría de edad. Por su parte, las secuelas de los enfermos de covid llegaron a ocupar la portada, porque se presentaban como una nueva amenaza, capaz de desbordar los servicios de rehabilitación de la sanidad española. Otro artículo nos recordaba que casi 3.000 pisos públicos de Madrid fueron vendidos a Encasa Cibeles, un fondo de inversión que solo está dispuesto a ganar, mientras los inquilinos continúan su batalla jurídica y la Comunidad de Madrid sigue jugando al “Pío, pío que yo no he sido”, aunque la operación fue firmada por el Gobierno de Ignacio González, una de las ranas que nos regaló Esperanza Aguirre. En Economía, leo que LG dejará de fabricar móviles tras pérdidas millonarias por la dura competencia china. LG sigue los pasos de otro gigante, Nokia, que también abandonó su ‘conecting people’ tras años de liderar el mercado. Por último, me llama la atención la foto de una mujer que llora y suplica: “Ayúdenme a liberar a mi hijo Roman”. Se refiere al periodista bielorruso que fue detenido tras el desvío forzoso de un vuelo comercial. Aquel aterrizaje y la posterior desaparición de Roman Protasevich alteró buena parte de la actividad de las aerolíneas que tenían que atravesar el espacio aéreo de Bielorrusia, pero ¿alguien sabe qué ha ocurrido después con el joven periodista y con su novia, detenidos en Minsk?

El puzzle me deja una profunda sensación de desasosiego. Vivo en una burbuja rodeada de dolor y desigualdades y lo sé. Coexisto con esas mujeres que limpian casas y asumen tareas de cuidados, viajo en el metro con ellas; pero permanezco al margen de su batalla diaria. Igual que con esos menores, que no son más que niños empujados por la pobreza y la vulneración de derechos básicos. Básico es también contar con un techo, igual que es fundamental la libertad de expresión o una sanidad pública que no esté permanentemente al borde del colapso… Pero todo está en jaque y en suspenso. Vivimos en un momento en el que un gobierno puede desviar un vuelo o vender tu casa. Y la línea de negocio de esa compañía gigantesca de la que alguna vez tuviste un móvil se derrite como un azucarillo, aunque logró ser uno de los primeros fabricantes del mundo y veíamos más su logotipo que a las personas de nuestra familia.

Supongo que para una ciudadanía con una opinión propia y fundamentada, la lectura y el seguimiento diario de las noticias es más un deber que una opción. Estar informado para opinar, para discernir. Pero poco aporta una información sin contexto ni seguimiento, que levanta un polvorín de sorpresa y ruido, y luego carece de análisis y continuidad. Vivimos en un mundo tan grande y tan hiperconectado que todo es a la vez relevante y nimio para nuestras vidas. Llevamos un año y medio sin levantar cabeza porque un virus se propagó a partir de la ciudad china de Wuhan. Hay decenas de fábricas paradas por falta de determinados minerales ante un planeta exhausto. Pero prima la anécdota, la foto o el video de impacto frente a tendencias de fondo que están conformando estructuras que aumentarán la pobreza, las desigualdades, el hambre, la crisis climática y la vulneración de derechos fundamentales.

Hace años, cuando nos íbamos de vacaciones y no llevamos un teléfono móvil encima, regresábamos a casa como nuevos. Los horarios al margen de los informativos televisivos nos permitían una desconexión total y, a veces, nos preguntábamos qué estaría pasando en el mundo mientras nos tomábamos un helado. Ahora, nos vayamos lejos o cerca, nuestro teléfono nos dará alertas y sobresaltos diarios, tanto de los irrelevantes como de los importantes. Y en cualquier punto del planeta encontraremos un televisor enchufado a tiempo completo, escupiendo imágenes impactantes con rótulos incomprensibles. Cada vez es más tentador volver a ese tiempo de paréntesis y hacerlo perpetuo. Y lo malo es que ese escenario tan apetecible y acogedor es también muy peligroso. Se da la paradoja de que si dejamos de pensar y de hacernos preguntas sobre todos los agujeros negros de la actualidad, tal vez seamos más felices en nuestra pequeña burbuja, pero estará creciendo el abismo que nos separa de una sociedad más habitable para la mayoría.

Contradicciones de una (no) escritora

Hace algunas semanas vi Sueños de una escritora en Nueva York, dirigida por Philippe Falardeau. Desconocía lo que me esperaba, pero la palabra “escritora” y la confianza que me inspira la programación del Renoir de Plaza de España, bastaron como imán para llevarme hasta la taquilla. El título, tan descriptivo y poco metafórico, no exigía demasiadas dotes de detective.

Leo ahora las críticas y sé que la película no pasará a la historia del cine, pero no coincido con la mayoría de ellas. Tampoco me importa. Voy al cine desde que tengo uso de razón. Mi memoria atesora las películas infantiles con merienda en cines madrileños desaparecidos, como el California o el Cartago; y también las cintas más recientes, como Hijos del sol, Nomadland, Otra ronda, En un lugar salvaje o El olvido que seremos.

Sé que no siempre se coincide con la crítica. Y que de esos desencuentros surgen sorpresas que se lleva una, tanto para bien como para mal. Ocurre con el arte en general y con las películas en particular que sus imágenes nos hacen de espejo durante una hora y media, sobre todo, cuando estamos inmersos en la historia, dentro de la sala oscura del cine. Y que la conexión que establezcamos con los personajes, como ocurre en las novelas, puede ser definitiva para conformar nuestra valoración subjetiva.

Seguramente, disfruté Sueños de una escritora en Nueva York porque las preguntas que se plantea la joven Joanna Rakoff, autora de la novela autobiográfica Mi año con Salinger, en la que se basa la película, son algunas de las que me atraviesan desde hace demasiado tiempo.

La sinopsis de la película dice más o menos así: “A finales de los años noventa, Joanna, una joven que sueña con ser escritora, consigue trabajo en una de las principales agencias literarias de Nueva York como ayudante de la directora. Entre otras tareas, ha de responder las numerosas cartas que envían los fans de uno de los escritores de la firma, el mítico J.D. Salinger”.

Lejos de la peripecia del año o par de años que se ven en la pantalla, yo me quedé suspendida en cuestiones que constituyen el mar de fondo de la protagonista. Preguntas sobre la vocación literaria; la necesidad de un trabajo que permita la subsistencia mientras se aplazan los sueños, a riesgo de que el día a día laboral los devore por completo; o sobre hasta qué punto son decisivas las personas que se cruzan en nuestra vida, sobre todo, en esos primeros años en los que podría arrancar una prometedora carrera literaria.

Joanna, interpretada por Margaret Qualley, quien sabe aportar a su papel determinación, idealismo y fragilidad al tiempo, y muchos de los personajes que forman parte de su vida tienen vocación literaria. Y la película plantea lo que cada uno de ellos pone o quita de su parte, carambolas del destino a parte, para llegar a cumplirla o renunciar a ella.

Igual que yo hice, Joanna estudia literatura en la universidad y acaba hastiada. Se pregunta por la vida, se siente atraída por su latido pero no encuentra su sitio. Tal vez esa lectura constante, casi bulímica de otros autores, que yo misma recuerdo como una pesadilla, la arrojan fuera del mundo de la literatura impresa para llevarla hasta una vida precaria en Nueva York.

Y en ese mundo real, busca un trabajo relacionado con la literatura donde, curiosamente, debe ocultar su vocación y sus escritos. La agencia literaria busca una asistente eficaz, una chica para todo, disciplinada y discreta que no tenga aspiraciones propias. ¿Resuena?

El papel de la directora de la agencia, interpretado magistralmente por una magnética Sigourney Weaver me recordó a algunas de mis jefas, aunque luego lo amplié a jefes en general, hombres y mujeres. Ellos y ellas han sido claves. Sutilmente, con premios y castigos, con reconocimientos y ninguneos ayudan a construir o destruir la autoestima de quien salta al ruedo de la vida laboral cargado de idealismo. Sin querer, recorrí mi propia biografía sacando conclusiones. Por supuesto, también están las elecciones de amistad, sentimentales y amorosas, en suma, las personas que alientan o desaniman. Y no se trata de buscar las respuestas en otros, sino de ver hasta qué punto en esa construcción con los demás podemos alejarnos de nosotros mismos, ya sea de forma esporádica o definitiva.

Joanna tuvo más lucidez que yo, al menos, hasta donde llega la película. Es cierto que tiene veintipocos años, pero no se quiere olvidar de quién quiere ser de mayor. Mientras tanto, yo, con medio siglo a las espaldas, no ceso de hacerme esa pregunta. Quizás porque las cifras redondas tienen ese poder impetuoso para el balance; y seguramente también porque, desde hace un año y medio, la muerte y la enfermedad andan desbocadas, encontrándose a personas cercanas a deshora.

No es verdad que tengamos todo el tiempo del mundo. No es verdad que nunca sea tarde. El calendario es muy tozudo y el azar, lejos de regalarme una buena lotería, se empeña en ser mezquino y huidizo. Pero más allá de los espejos y las películas estoy yo misma. Y me temo que esa es la cuestión: ¿quién soy y quién quiero ser?

(Continuará).

Aniversarios en Sol

Hace algunas semanas, subí caminando desde la calle Alcalá hasta la Puerta del Sol. Era una tarde de viernes primaveral. Parecía un regalo después de muchos días de lluvia y cielo gris. Madrid quería despertarse y sentirse bonita, a pesar de todo. Me senté unos minutos en un banco de piedra ante un trío de músicos que interpretaban piezas clásicas junto a las puertas de la Real Academia de San Fernando. Les dejé unas monedas e intercambiamos unas sonrisas de gratitud a través de las mascarillas.

A medida que avanzaba, la luz que se dejaba entrever al fondo del horizonte se convertía en un imán. Aún lejos, la Puerta del Sol se intuía envuelta en esos colores únicos y apabullantes del atardecer madrileño, rebosante de turquesas, violetas y anaranjados. Sin filtros, la cámara del móvil sacó una fotografía que parecía un cuadro impresionista. Quedaban aún unos días para que comenzara la campaña electoral y se celebraran las elecciones. Los colores y la tibieza de la tarde querían ser un guiño a una esperanza improbable. Tal vez tanta belleza estaba ahí para algo. Al menos, consolaba.

Desde lejos, distinguí a un amplísimo corro de personas. Al ser tantos y mantener la distancia entre sí, abarcaban buena parte de la plaza. Pensé que era alguna concentración autorizada, pero era una reunión espontánea alrededor de un músico que, con buena voz y su guitarra, interpretaba canciones alegres que todos nos sabíamos. No faltó quién se puso a bailar ni quienes se lanzaron a hacer los coros de aquellos temas de viejos veranos que traían un soplo de brisa del mar, cierto aliento de felicidad posible. Los ojos brillaban. Sentíamos que estábamos vivos.

El reloj del edificio que alberga la sede de gobierno de la Comunidad de Madrid dio las nueve. Y a los pocos minutos, un par de coches de la policía municipal entraban en el espacio peatonal de la plaza y acababan con la música. Al verlos llegar, el músico explicó que el permiso para tocar expiraba a las nueve. Se disculpó… A pesar del reciente cambio horario y la primavera que queríamos disfrutar, las ordenanzas eran claras. El público se fue dispersando sin rechistar, echando unas monedas en la funda de la guitarra, mientras yo me quedé remoloneando por allí, esperando que la policía se fuera. No había multa, no se llevaban los instrumentos ni la recaudación… “Buena onda, todo bien, me despisté con la luz y el cambio de hora”, me dijo Charly Alvarenga (en Instagram). Nos despedimos con un amplio gracias.

La policía cumplía órdenes, impedía la felicidad por unos minutos de más. Nos devolvía a esta vida reglada que condiciona tantas cosas pequeñas e imprescindibles. Seguí mi camino y me detuve ante el escaparate de La Menorquina, ya cerrada. Aquel rumor de azúcar cálido, el recuerdo de sus napolitanas de crema recién hechas me devolvían el buen sabor de boca de una tarde que había iniciado con el propósito de cuidar del alma y el cuerpo, tan atravesados por las derivadas de la pandemia.

Han pasado muchas cosas dentro y fuera de la Puerta del Sol desde aquel 9 de abril en el que me iba haciendo nuevas promesas, mientras paseaba por algunos de mis rincones más queridos de Madrid.

En lo personal, cumplí 50 años e imaginé un texto, en línea con el del año pasado, pero luego faltaron tiempo y ganas para escribirlo; también ha habido muchas citas médicas, propias y ajenas, y lo que queda, demandando energía y llamadas, atención a la agenda y al cuidado, cierta paciencia que se agota entre vacunas, pruebas diagnósticas y consultas diversas. Afortunadamente, nada es grave, pero sí fatigoso, en unos tiempos en los que las fuerzas van muy justitas. En lo político, tampoco encontré el brío necesario para analizar algunos hitos de la delirante campaña electoral de las elecciones autonómicas madrileñas; y después, atragantada con la tristeza que me brindaron las urnas, tuve una digestión demasiado pesada en la que se juntaron unos resultados incontestables, una falta de autocrítica casi generalizada y un recital de improperios e insultos con los que se nos bendijo a todos los madrileños, desde una diversidad de rincones y voces que decían ser progresistas.

Reconozco que me estaba costando recuperarme de todo esto cuando la Puerta del Sol vuelve a las portadas de los medios, ya sea por el desfile etílico del fin del estado de alarma (que no solo se produjo en esta ciudad); y ante el inminente décimo aniversario de aquel 15-M con el que esa plaza madrileña también atrajo las miradas de medio mundo. Tampoco puedo olvidar que en Sol hemos visto concentraciones por Colombia (y las que quedan), y no tardará en llegar la bandera palestina (si es que no lo ha hecho ya).

“El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, le dice Ilsa Lund a Rick Blaine en un momento inolvidable de la película Casablanca. Y yo estoy por contestarle que sí, que el mundo se derrumba mientras unos se emborrachan, otros se lavan las manos o se frotan los ojos, y otros se curan las heridas o entierran a sus muertos. Confío en que también nos quede sitio para el amor porque de lo contrario, estamos perdidos.

Un gran amigo y fiel lector me dijo una vez que mis textos siempre median o terminan mal. Su reto era que un día me atreviera a darle la vuelta a la tristeza y acabar en alto, en plan locura. Pienso en él mientras alcanzo estas líneas sintiendo una doble derrota: por haber descubierto el plan y porque no soy capaz de hacer lo que me pide. ¿Cómo escribir la esperanza sin caer en un fallo enorme de coherencia narrativa? ¿Cómo mantener la chispa de la ilusión ante este cotidiano devenir de egoísmo?

Soñando otro mundo, en 2011. (Foto personal).

Quizás el único camino, a estas alturas del texto, sea volver a esa Puerta del Sol donde hace diez años empezamos a soñar otro mundo. Si alguien nos hubiera contado lo que íbamos a vivir en tan sólo una década no le hubiéramos creído. Aquel entusiasmo y compromiso colectivo es algo que no olvidaremos nunca quienes durante aquellas noches entrelazamos las manos y levantamos gritos silenciosos que estallaban en aplausos cargados de una contagiosa y feliz energía. En los años posteriores, hubo nuevas concentraciones y asambleas, movidas por la nostalgia y también por un deseo de cambio que seguía latiendo y aspiraba a más. El año pasado reinó el silencio. Este año yo solo tengo interrogantes.

Ahora mismo, es imposible tomarle la mano a alguien, más aún si es un desconocido; y manifestarse en un entusiasta enjambre humano como aquel. Me temo que la confianza en los procesos colectivos ha vuelto al espacio de la utopía, aunque me consuela saber que sigue latiendo y salva vidas en multitud de hospitales y en otros espacios de resistencia y solidaridad.

Juntos podemos ser más fuertes, pero esta pandemia nos ha metido a cada uno en nuestro rincón, desde donde hemos visto que se rompían muchos nexos mientras luchábamos por no rompernos. Si bien los recuerdos tienen una fuerza contrastada para sacarnos de amnesias y traumas, no estoy muy segura de que las fotos de hace diez años, las canciones de otros veranos o el sabor de una napolitana de crema vayan a salvarnos. Habrá que ir pensando nuevos caminos. Y si en ellos podemos seguir cantando y bailando como en aquellas horas de la primavera de 2011, será buena señal. No habremos muerto.

Un atasco de barcos y palabras

Tras seis días de trabajos, dieron fruto las maniobras para desencallar el Ever Given y el Canal de Suez volvió a estar operativo. De nuevo grandes cargueros lo atraviesan, mientras varios puertos se preparan para sortear un nuevo atasco de mercancías. El primero, lo provocó el accidente; a continuación, se intuye un tráfico a toda máquina para cumplir plazos y entregas antes de que se pudra lo que viaja en millones de contenedores, ajenos a nuestros ojos, y peor aún, al margen de una normativa sujeta a la moral y a la ética. Ya lo sé, soy una antigua.

He seguido el tema de forma lateral, porque estoy aburrida de este periodismo espectacular que apenas aporta algo. Quizás por eso no he escuchado a nadie subrayar que, aunque los medios hablan del Ever Given, el nombre más visible en la eslora del buque es Evergreen; y que en la popa, bajo esas mismas letras, figura escrito Panamá, el pabellón bajo el que, supongo, opera ese carguero. Es decir, que se trata de un barco que seguramente haya cambiando de naviera y/o nombre, y que usa una bandera de conveniencia. ¿Para librarse de multas e inspecciones? ¿Cómo en su día hicieron el Prestige y el Exxon Valdez? Ya lo sé, soy una aguafiestas, con lo bonito que ha resultado que el barco vuelva a navegar.

Afortunadamente, lo que transporta el Ever Given no deja una visible marea negra, sino las consecuencias de la globalización y del sistema económico que marca nuestra época, este capitalismo desquiciado que solo aspira a maximizar el beneficio económico. Algunos medios, aunque pocos, hablaron de las condiciones en las que suelen ser contratadas y trabajan las tripulaciones de esas moles fantasmas llenas de mercancías que hicieron cerrar las fábricas donde quizás trabajaron nuestros abuelos. Qué más da. Lo que importa es recibir los pedidos de Amazon y AliExpress. Que se entreguen las piezas de eso que aún fabricamos de milagro a partir del trabajo de empresas auxiliares. Lo que importa es que el comercio mundial vuelva a latir aunque sea dejando su reguero de daños colaterales. ¿Huella ecológica? ¿Cambio climático? ¿Deslocalización? ¿Quién dijo miedo?

De pronto, en una conexión inconsciente, la imagen del colapso del Canal de Suez me llevó hasta el mundo editorial más próximo. Imaginé los centenares de libros que detuvo la pandemia. Durante meses, no hubo librerías, ni ferias, ni presentaciones ni lecturas… Luego se fueron recuperando algunos de esos espacios donde solíamos acudir al encuentro del libro y el amigo, de la conversación más o menos literaria, pero no todo ha vuelto. Los meses de castigo dejaron huella en la salud, en el ánimo, en el bolsillo o en los tres sitios a la vez. Ya no somos los mismos.

Desde que reabrieron, visito las librerías como quien acude a un centro de rehabilitación, sin saber muy bien quién está más enfermo: las editoriales y los libros que esperan una mano, los libreros exhaustos o yo misma. Compro ejemplares que no leo, como si eso fuera parte del tratamiento que tengo al alcance. Apenas encuentro sosiego y tiempo para la lectura. Pero sigo comprando, por si alguna vez mis ojos y mi cabeza quieren perderse en esas páginas, por si recupero las fuerzas para ello. Por si me recupero yo.

En el rincón de mi estudio, miro también los cuadernos y los proyectos interrumpidos, los libros acabados y atascados en un proceso de tedio y avería, mucho más pequeño e íntimo que el del Canal de Suez, pero doloroso y extraño. Paralizante.

Pienso que quizás sea el momento de no escribir ni publicar más. No es una idea que venga desde Egipto y tampoco es fruto de la pandemia, puesto que lleva rondándome años. Lo que ha cambiado es que ahora la siento como una opción más cercana. Al decírmela en voz alta, reconozco que me duele y que seguramente no pueda evitar escribir, porque no me reconocería si lo dejara; pero tal vez tenga todo el sentido quitar importancia al hecho de publicar. Asumir que tal vez no vuelva a ser posible.

Muchas editoriales explican en sus páginas web que no están en disposición de leer ni recibir más originales. Me temo que hay tantas personas con libros acabados y sin salida que entre todos hacemos un atasco de palabras que tapona las siguientes; y lo que es peor, a veces, me da la sensación de que obstruyen la propia vida. Se obstruye el día a día en la pregunta del para qué. No es una pregunta nueva pero cobra más fuerza y cada vez me hace más daño no encontrarle respuesta.

Quizás sea mejor seguir escribiendo sin expectativas. Escribir como siempre hice, como quien respira. Escribir como cuando, desde muy pequeña, empecé a aprovechar las páginas no utilizadas de los cuadernos escolares. Escribir para mí y disfrutarlo. Sin esperar nada ni a nadie. Mucho menos una reseña, mucho menos un premio. Mucho menos la mentira de que hay lectores al otro lado. Al otro lado, solo hay amigos. Un pequeño grupo de personas fieles y queridas que me han dado aire durante años. Les agradezco mucho su paciencia y su ánimo. La mayoría estuvieron conmigo, de una manera u otra, aquella tarde mágica en la que presenté mi primer libro De paso por los días, allá en la primavera de 2016.

Transcurridos casi cinco años, puedo decir que aquello tuvo lugar, que me hizo feliz. Que el sueño fue realidad. Y asumir también que luego la realidad se ha transformado. Y nos deja ante este nuevo mundo empantanado donde todo está a la espera, aunque cada vez más se parece a aquella pieza teatral de Samuel Beckett, Esperando a Godot.

No sé si tiene sentido esperar, si llegarán los remolcadores para los viejos sueños, si merece la pena seguir corrigiendo páginas estériles en lugar de acariciar a Fénix, llamar a los amigos que están lejos o ver a los que viven dentro de los límites de esta vida perimetrada. El futuro lo dirá mientras trazo nuevos planes y reflexiono sobre mis propósitos vitales.

Una Semana Santa para la nostalgia

La naturaleza reverdecida y la primera luna nueva de la primavera han sido las dos señales que nos han anunciado la Semana Santa. Los ciclos vegetales y lunares respetan sus tiempos, mientras nosotros nos detenemos ante la segunda Semana Santa más extraña de nuestras vidas.

Es inevitable no pensar las fechas, a pesar de este calendario aturdido por la pandemia. Es difícil no acusar la nostalgia tras este Domingo de Ramos con tan poco aire celebrativo, tan vaciado de los ritos que construyeron nuestra infancia, aunque fuera algo tan nimio como estrenar calcetines.

Desde hace semanas, las torrijas hacen su guiño dulce en los escaparates, pero este domingo no ha sido fácil encontrar un puesto callejero de palmas y ramas de olivo. Tampoco se escuchan las ruedecitas de las maletas que huyen de la ciudad ni se hacen planes en voz alta.

Decía nostalgia, y no puedo evitar pensar en otros Domingos de Ramos cuando, en Jerez de la Frontera, amanecía mirando el cielo, deseándolo resplandeciente para disfrutar las procesiones que inauguraban una semana repleta de belleza, un goce para los sentidos al margen de la fe religiosa.

No he sido fiel a la cita todos los años, pero en estos dos últimos he añorado como nunca aquel olor a azahar que se mezclaba con el incienso en calles caldeadas por un sol generoso, aquella sensación de fiesta en las plazuelas y las miradas. La música y el silencio, lo solemne y lo mágico, el sincretismo ante una emoción primigenia.

Decía nostalgia y recupero los recuerdos de aquel trasiego de penitentes que caminaban apresurados con su túnica recién planchada; aquel nerviosismo a las puertas de los templos, con el gentío aguardando el inicio del ritual, la apertura de la puerta y la aparición de la cruz de guía; y por fin, la pisada acompasada de todos a una, tan poco habitual en este país, repartiendo el peso bajo el respiradero; y el grito del capataz, guiando a decenas de hombres en penumbra, bajo la descomunal carga de un paso de misterio o de palio, dotándole de belleza y vida con un movimiento calculado, sutil y extraordinario a un tiempo, sin poder contemplarlo.

Esta Semana Santa no habrá procesiones ni saetas en las calles, tampoco esa algarabía pagana que compartía un vino y conversación entre un paso procesional y el siguiente; mientras los niños se afanaban en amasar una bola de cera con la derramada por los cirios penitenciales, mientras los adultos se preguntaban por sus propias cuitas, ante la figura de un dios traicionado o crucificado y una madre doliente.

No habrá viajes, pero estamos vivos. No habrá viajes, pero este año, a diferencia del pasado, podré estar acompañada. No habrá viajes, pero hay parques, museos, librerías, salas de cine y teatro que podré disfrutar en este tiempo de descanso que agradezco como si fuera agua bendita.

Tras más de un año de pandemia y del cambio que a cada uno le ha supuesto en su vida y en su interior, recibo agradecida esta pausa y casi echo de menos el silencio de épocas más rígidas. Si fuera posible, pediría un poco de silencio a nuestros políticos, al margen de que sean creyentes o de la fe que profesen… les pediría un poco de respeto hacia la ciudadanía. Que se recogieran como antiguas beatas a pensar en sus faltas, a hacer un verdadero examen de conciencia.

Personalmente, creo que el comportamiento de muchos representantes públicos nos ha sumido en una pandemia peor que la del covid. Se llama desesperanza. Surge de verles a la gresca, interesados y egoístas, preocupados por su posición y sus sillas, como esos falsos creyentes que se dan golpes en el pecho en un sitio privilegiado de la carrera oficial, mientras otros buscan la religión en gestos pequeños que son realmente salvadores.

Quizás por eso me ha venido a la cabeza y a la memoria ese resoplido colectivo, compartiendo el escaso aire posible mientras paso a paso continúa ese trabajo esforzado fuera de los focos. Bajo el peso enorme de estructuras de madera y plata, con el firme propósito de avanzar sin dejarse vencer por el cansancio o el desánimo; midiendo cada centímetro de los giros en calles estrechas para no dañar el paso; sacando fuerzas de donde apenas quedan al regresar al templo, en un alarde de belleza y entrega que es difícil de entender si no se ha vivido de cerca.

Decía y digo nostalgia, pero también digo presente y futuro. Ojalá supiéramos recuperar la fe y la esperanza, y caminar todos a una, para reconstruir los daños que nos rodean desde la última primavera.

Un 8 de marzo distinto

Hoy es 8 de marzo, pero no tiene nada que ver con ninguno de los anteriores. Me he vestido con un jersey morado, pero no abrazaré ni brindaré con mis compañeras de la oficina, no nos haremos una foto juntas, no habremos parado a las 12 horas a las puertas del centro de trabajo porque estamos teletrabajando. Tal vez nos consuele algo habernos visto las caras a través de zoom, haber sentido que la distancia nos afecta y que nos echamos de menos porque juntas somos más.

Tampoco acudiré a ninguna manifestación porque Madrid es la única ciudad de España donde se han prohibido. Compartiré mensajes y videos a través del teléfono y las redes sociales con mujeres conscientes de que nos sentimos más solas que en ningún otro 8 de marzo. Seguramente, este Día Internacional de la Mujer será más íntimo que ninguno. Pensando, repensando este mundo que nos sigue dando motivos para saber que debemos afrontar muchos espacios de reivindicación porque la igualdad de derechos no es realidad. Y aunque hemos avanzado, queda mucho por recorrer.

Pensé que hoy sería un lunes más, un 8 de marzo más; pero es el 8 de marzo más triste que recuerdo. Es el 8 de marzo que, también, como todo en este tiempo, marca la pandemia. Igual que fue un cumpleaños triste, una Semana Santa tristísima, una primavera robada, un verano mutilado, unas navidades llenas de límites y un día a día condicionado… hoy toca sumar una fecha más que se contagia del pesar y las limitaciones de este tiempo. Y reconozco que me ha afectado. Hoy, como tantos del 2020 y 2021, es un día de fiesta que no puedo celebrar como quisiera.

Por primera vez en años, en la noche del 7 de marzo y en el amanecer del 8, no he escuchado coros de mujeres cantando por las calles: “Vecina, escucha, estamos en la lucha”, “Aquí estamos las feministas”, con su ruido de cacerolas y percusión doméstica, combativa y luminosa. Aún no salí de casa e ignoro si hay pancartas, si hay pintadas, si hay folios pegados en las farolas, en las marquesinas de los autobuses, en el acceso al metro. Es un 8 de marzo raro en el que, forzada por la nostalgia, me acuerdo de otros y me hago nuevas promesas.

En 2019 secundé la huelga feminista y fui a la manifestación, entretuve las horas de la mañana en repasar los sueños robados o aplazados, en hacer memoria de la mujer que soy. Aquello quedó por escrito en este artículo.

Hoy no voy a repetir lo ya escrito, pero al volver a leer ese texto reconozco las heridas de siempre y vuelvo a invocar la necesidad de que las cosas cambien. Que cambien para bien y cuanto antes, porque lo mismo nos cansamos de aguantar y perdemos la paciencia. La paciencia de trabajar sin descanso y ser menos consideradas, la paciencia de acatar mandatos ajenos como si fuéramos siempre niñas o mujeres incapaces o locas. Durante siglos nos pidieron estar calladitas, resignadas, en segundo plano… Y algunos se atreven a pedirlo a día de hoy, desde espacios de poder, olvidando que la lucha y las conquistas de las mujeres beneficiarán al mundo. También a sus hijas e hijos.

En los últimos años me ha emocionado la fuerza de las más jóvenes. Ellas han hecho que vuelva a las calles. Antes del “No es no”, el “No estás sola” y “Yo te creo, hermana” hubo otro gran día violeta: El tren de la libertad. Fue el 1 de febrero de 2014 cuando miles de mujeres procedentes de toda España salimos a las calles de Madrid y acabamos forzando la dimisión de un ministro que pretendía devolver el aborto, un derecho sexual y reproductivo de las mujeres, a los años de la prohibición y la caverna del castigo. Supongo que se pasó de frenada. No calculó nada bien entre su potencial electoral y nuestra furia colectiva. A los hombres obcecados que vuelven a manosear nuestros derechos y nuestras palabras, a los que cobardemente vandalizan la imagen de nuestras referentes, les recomiendo que revisen la hemeroteca. Que pongan sus barbas a remojar. Que lean. Que escuchen.  

Hace años que hemos decidido no dar un paso atrás. La pandemia nos ha puesto contra las cuerdas: en casa, más precarizadas, más silenciadas, más pobres, más indefensas. Las cifras están ahí para quien las quiera buscar. Se multiplican en las webs de organizaciones feministas, sindicatos, asociaciones, partidos políticos, organismos nacionales e internacionales y platean un escenario desolador. Por poner un ejemplo, os dejo las que ofrece la Coordinadora de ONGD de España, junto al lema de este año, “Ante la emergencia social, el feminismo es esencial”.  

  • Una de cada tres mujeres en todo el mundo ha experimentado  violencia física o sexual, principalmente a manos de su pareja.
  • A nivel mundial, solo 10 de los 152 jefes de estado elegidos son mujeres.
  • Durante el estado de alarma las peticiones de asistencia a víctimas de violencia de género en España supusieron un 57,9% más que el año anterior.
  • El Comité de Emergencia de la OMS para COVID-19 cuenta con un 20% de representación femenina
  • Las mujeres realizan el triple de trabajo doméstico y asistencial sin remuneración.
  • La Covid-19 podría provocar la pérdida de 25 millones de trabajos, situación en las que las trabajadoras migrantes son especialmente vulnerables.
  • En la UE la brecha salarial entre hombres y mujeres es del 24%. En España del 27%.

Datos así nos tienen que rearmar. Este año es especial. Seguiremos siendo responsables. Creo que es una palabra que sabemos vestir desde que nos trajeron al mundo. No nos resulta grande ser corresponsables del momento histórico que estamos viviendo, pero tenemos memoria colectiva. Y no la vamos a perder. El año que viene volveremos a ser una cascada violeta imparable y hasta entonces, seguiremos atentas y trabajando. Reconstruyéndonos desde lo personal y recuperando las fuerzas y el compromiso colectivo.

Vamos, mujeres, junto a los hombres que están dispuestos a acompañar este camino y esta lucha. Tenemos que ser capaces de abrazar la esperanza a pesar de tanta frustración y tanta injusticia.

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