Un atasco de barcos y palabras

Tras seis días de trabajos, dieron fruto las maniobras para desencallar el Ever Given y el Canal de Suez volvió a estar operativo. De nuevo grandes cargueros lo atraviesan, mientras varios puertos se preparan para sortear un nuevo atasco de mercancías. El primero, lo provocó el accidente; a continuación, se intuye un tráfico a toda máquina para cumplir plazos y entregas antes de que se pudra lo que viaja en millones de contenedores, ajenos a nuestros ojos, y peor aún, al margen de una normativa sujeta a la moral y a la ética. Ya lo sé, soy una antigua.

He seguido el tema de forma lateral, porque estoy aburrida de este periodismo espectacular que apenas aporta algo. Quizás por eso no he escuchado a nadie subrayar que, aunque los medios hablan del Ever Given, el nombre más visible en la eslora del buque es Evergreen; y que en la popa, bajo esas mismas letras, figura escrito Panamá, el pabellón bajo el que, supongo, opera ese carguero. Es decir, que se trata de un barco que seguramente haya cambiando de naviera y/o nombre, y que usa una bandera de conveniencia. ¿Para librarse de multas e inspecciones? ¿Cómo en su día hicieron el Prestige y el Exxon Valdez? Ya lo sé, soy una aguafiestas, con lo bonito que ha resultado que el barco vuelva a navegar.

Afortunadamente, lo que transporta el Ever Given no deja una visible marea negra, sino las consecuencias de la globalización y del sistema económico que marca nuestra época, este capitalismo desquiciado que solo aspira a maximizar el beneficio económico. Algunos medios, aunque pocos, hablaron de las condiciones en las que suelen ser contratadas y trabajan las tripulaciones de esas moles fantasmas llenas de mercancías que hicieron cerrar las fábricas donde quizás trabajaron nuestros abuelos. Qué más da. Lo que importa es recibir los pedidos de Amazon y AliExpress. Que se entreguen las piezas de eso que aún fabricamos de milagro a partir del trabajo de empresas auxiliares. Lo que importa es que el comercio mundial vuelva a latir aunque sea dejando su reguero de daños colaterales. ¿Huella ecológica? ¿Cambio climático? ¿Deslocalización? ¿Quién dijo miedo?

De pronto, en una conexión inconsciente, la imagen del colapso del Canal de Suez me llevó hasta el mundo editorial más próximo. Imaginé los centenares de libros que detuvo la pandemia. Durante meses, no hubo librerías, ni ferias, ni presentaciones ni lecturas… Luego se fueron recuperando algunos de esos espacios donde solíamos acudir al encuentro del libro y el amigo, de la conversación más o menos literaria, pero no todo ha vuelto. Los meses de castigo dejaron huella en la salud, en el ánimo, en el bolsillo o en los tres sitios a la vez. Ya no somos los mismos.

Desde que reabrieron, visito las librerías como quien acude a un centro de rehabilitación, sin saber muy bien quién está más enfermo: las editoriales y los libros que esperan una mano, los libreros exhaustos o yo misma. Compro ejemplares que no leo, como si eso fuera parte del tratamiento que tengo al alcance. Apenas encuentro sosiego y tiempo para la lectura. Pero sigo comprando, por si alguna vez mis ojos y mi cabeza quieren perderse en esas páginas, por si recupero las fuerzas para ello. Por si me recupero yo.

En el rincón de mi estudio, miro también los cuadernos y los proyectos interrumpidos, los libros acabados y atascados en un proceso de tedio y avería, mucho más pequeño e íntimo que el del Canal de Suez, pero doloroso y extraño. Paralizante.

Pienso que quizás sea el momento de no escribir ni publicar más. No es una idea que venga desde Egipto y tampoco es fruto de la pandemia, puesto que lleva rondándome años. Lo que ha cambiado es que ahora la siento como una opción más cercana. Al decírmela en voz alta, reconozco que me duele y que seguramente no pueda evitar escribir, porque no me reconocería si lo dejara; pero tal vez tenga todo el sentido quitar importancia al hecho de publicar. Asumir que tal vez no vuelva a ser posible.

Muchas editoriales explican en sus páginas web que no están en disposición de leer ni recibir más originales. Me temo que hay tantas personas con libros acabados y sin salida que entre todos hacemos un atasco de palabras que tapona las siguientes; y lo que es peor, a veces, me da la sensación de que obstruyen la propia vida. Se obstruye el día a día en la pregunta del para qué. No es una pregunta nueva pero cobra más fuerza y cada vez me hace más daño no encontrarle respuesta.

Quizás sea mejor seguir escribiendo sin expectativas. Escribir como siempre hice, como quien respira. Escribir como cuando, desde muy pequeña, empecé a aprovechar las páginas no utilizadas de los cuadernos escolares. Escribir para mí y disfrutarlo. Sin esperar nada ni a nadie. Mucho menos una reseña, mucho menos un premio. Mucho menos la mentira de que hay lectores al otro lado. Al otro lado, solo hay amigos. Un pequeño grupo de personas fieles y queridas que me han dado aire durante años. Les agradezco mucho su paciencia y su ánimo. La mayoría estuvieron conmigo, de una manera u otra, aquella tarde mágica en la que presenté mi primer libro De paso por los días, allá en la primavera de 2016.

Transcurridos casi cinco años, puedo decir que aquello tuvo lugar, que me hizo feliz. Que el sueño fue realidad. Y asumir también que luego la realidad se ha transformado. Y nos deja ante este nuevo mundo empantanado donde todo está a la espera, aunque cada vez más se parece a aquella pieza teatral de Samuel Beckett, Esperando a Godot.

No sé si tiene sentido esperar, si llegarán los remolcadores para los viejos sueños, si merece la pena seguir corrigiendo páginas estériles en lugar de acariciar a Fénix, llamar a los amigos que están lejos o ver a los que viven dentro de los límites de esta vida perimetrada. El futuro lo dirá mientras trazo nuevos planes y reflexiono sobre mis propósitos vitales.

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