Una Semana Santa para la nostalgia

La naturaleza reverdecida y la primera luna nueva de la primavera han sido las dos señales que nos han anunciado la Semana Santa. Los ciclos vegetales y lunares respetan sus tiempos, mientras nosotros nos detenemos ante la segunda Semana Santa más extraña de nuestras vidas.

Es inevitable no pensar las fechas, a pesar de este calendario aturdido por la pandemia. Es difícil no acusar la nostalgia tras este Domingo de Ramos con tan poco aire celebrativo, tan vaciado de los ritos que construyeron nuestra infancia, aunque fuera algo tan nimio como estrenar calcetines.

Desde hace semanas, las torrijas hacen su guiño dulce en los escaparates, pero este domingo no ha sido fácil encontrar un puesto callejero de palmas y ramas de olivo. Tampoco se escuchan las ruedecitas de las maletas que huyen de la ciudad ni se hacen planes en voz alta.

Decía nostalgia, y no puedo evitar pensar en otros Domingos de Ramos cuando, en Jerez de la Frontera, amanecía mirando el cielo, deseándolo resplandeciente para disfrutar las procesiones que inauguraban una semana repleta de belleza, un goce para los sentidos al margen de la fe religiosa.

No he sido fiel a la cita todos los años, pero en estos dos últimos he añorado como nunca aquel olor a azahar que se mezclaba con el incienso en calles caldeadas por un sol generoso, aquella sensación de fiesta en las plazuelas y las miradas. La música y el silencio, lo solemne y lo mágico, el sincretismo ante una emoción primigenia.

Decía nostalgia y recupero los recuerdos de aquel trasiego de penitentes que caminaban apresurados con su túnica recién planchada; aquel nerviosismo a las puertas de los templos, con el gentío aguardando el inicio del ritual, la apertura de la puerta y la aparición de la cruz de guía; y por fin, la pisada acompasada de todos a una, tan poco habitual en este país, repartiendo el peso bajo el respiradero; y el grito del capataz, guiando a decenas de hombres en penumbra, bajo la descomunal carga de un paso de misterio o de palio, dotándole de belleza y vida con un movimiento calculado, sutil y extraordinario a un tiempo, sin poder contemplarlo.

Esta Semana Santa no habrá procesiones ni saetas en las calles, tampoco esa algarabía pagana que compartía un vino y conversación entre un paso procesional y el siguiente; mientras los niños se afanaban en amasar una bola de cera con la derramada por los cirios penitenciales, mientras los adultos se preguntaban por sus propias cuitas, ante la figura de un dios traicionado o crucificado y una madre doliente.

No habrá viajes, pero estamos vivos. No habrá viajes, pero este año, a diferencia del pasado, podré estar acompañada. No habrá viajes, pero hay parques, museos, librerías, salas de cine y teatro que podré disfrutar en este tiempo de descanso que agradezco como si fuera agua bendita.

Tras más de un año de pandemia y del cambio que a cada uno le ha supuesto en su vida y en su interior, recibo agradecida esta pausa y casi echo de menos el silencio de épocas más rígidas. Si fuera posible, pediría un poco de silencio a nuestros políticos, al margen de que sean creyentes o de la fe que profesen… les pediría un poco de respeto hacia la ciudadanía. Que se recogieran como antiguas beatas a pensar en sus faltas, a hacer un verdadero examen de conciencia.

Personalmente, creo que el comportamiento de muchos representantes públicos nos ha sumido en una pandemia peor que la del covid. Se llama desesperanza. Surge de verles a la gresca, interesados y egoístas, preocupados por su posición y sus sillas, como esos falsos creyentes que se dan golpes en el pecho en un sitio privilegiado de la carrera oficial, mientras otros buscan la religión en gestos pequeños que son realmente salvadores.

Quizás por eso me ha venido a la cabeza y a la memoria ese resoplido colectivo, compartiendo el escaso aire posible mientras paso a paso continúa ese trabajo esforzado fuera de los focos. Bajo el peso enorme de estructuras de madera y plata, con el firme propósito de avanzar sin dejarse vencer por el cansancio o el desánimo; midiendo cada centímetro de los giros en calles estrechas para no dañar el paso; sacando fuerzas de donde apenas quedan al regresar al templo, en un alarde de belleza y entrega que es difícil de entender si no se ha vivido de cerca.

Decía y digo nostalgia, pero también digo presente y futuro. Ojalá supiéramos recuperar la fe y la esperanza, y caminar todos a una, para reconstruir los daños que nos rodean desde la última primavera.

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