El coronavirus y el miedo

Recuerdo perfectamente dos conversaciones que mantuve por wasap cuando en enero de 2020 empezaron a llegar noticias de un nuevo virus que estaba causando una epidemia, en principio, en la provincia china de Wuhan.

La primera fue con una amiga que vive en Hong Kong. La pregunté cómo estaba y tras tranquilizarme, me contó que no había forma de encontrar mascarillas, aunque aún no había ningún caso allí. También me confesó que estaba apenada por la ola de racismo en lugar de solidaridad que se estaba generando ante una enfermedad desconocida. Caí en la cuenta de que en ningún momento habíamos colgado en nuestras redes esos mensajes de apoyo incondicional que han generado otras noticias, como los atentados en suelo europeo, el incendio de Notre Dame o los que asolaron la Amazonía o Australia hace unos meses.

A nadie se le escapa que China es un país de libertades restringidas en muchos ámbitos donde el comunismo oficial es solo una fachada para un capitalismo despiadado. Las fábricas que nos abastecen de muchos productos, que consumimos sin mirar etiquetas, incumplen todos los derechos laborales que defendemos en nuestro cínico primer mundo. En medio de esa desafección generalizada, me conmovió descubrir que los habitantes de Wuhan se animaban unos a otros desde sus casas, y me estremeció que aquella soledad rompiera la noche con mensajes de ánimo entre personas retenidas en sus domicilios, amenazados por un virus descontrolado y el control gubernamental.

La segunda conversación la mantuve con una amiga que lleva muchos años trabajando en puestos de responsabilidad en el ámbito de la cooperación. Alguien que, por ejemplo, pisó hace años la zona de África afectada por el ébola y me decía, con conocimiento de causa, que los miedos que se cernían sobre el Mobile World Congress de Barcelona, por aquel entonces aún sin cancelar, eran fruto de la psicosis y el estigma, pues estábamos ante una epidemia más, en un país del tamaño de un continente.

Y en medio de ese delirio, un equipo de fútbol de la ciudad maldita podía venir a España a entrenar y pasar unos días, porque de nuevo el negocio y el show iban por delante de la coherencia informativa y el sentido común. En paralelo, varios países europeos repatriaban a sus nacionales y los aislaban en hospitales donde, al menos en el caso de España, han pasado la cuarentena sin incidencias, deseando retomar sus vidas en Wuhan, donde seguramente han encontrado la oportunidad de desarrollar una carrera profesional que su país no les brinda.

La suspensión del Mobile

Con información de goteo que los medios coreaban con hiperbólica alarma, varias empresas anunciaban que no irían al Mobile World Congress (MWC), hasta que el 18 de febrero se anunció su cancelación. En un evento al que iban a asistir 2.400 firmas, que se cayeran algunas de las grandes, mayoritariamente no asiáticas, parecía más que suficiente para que la organización declarara motivos de “fuerza mayor“, mientras las autoridades sanitarias sostenían que no había ninguna razón de salud pública para ello, algo que siguen manteniendo semanas después, cuando no se ha suspendido en España ningún evento multitudinario a pesar de que ya hay personas contagiadas.

La suspensión sonaba a guerra económica encubierta, al pánico de la empresa aseguradora, a intereses comerciales de altos vuelos… Su letra pequeña incluía la pérdida de 14.100 empleos temporales que iba a generar el MWC. Me imaginé el miedo de todas esas personas. Sus miedos a no tener suficiente para el alquiler del próximo mes; el descalabro de haber anticipado el precio de un uniforme que no iban a vestir; el descuadre de los días necesarios para una prestación de desempleo tras encadenar varios contratos… En suma, la esperanza de unos ingresos imprescindibles que se diluían como azucarillos en las expectativas de los invisibles.

Un mundo global solo para lo que mola

Somos paradójicos. Nos gusta vivir en un mundo que, para los ciudadanos de ciertos países, carece de fronteras. Nos encanta viajar a la otra punta del planeta y hacernos fotos. También nos priva recibir pedidos que atraviesan miles de kilómetros y nos ahorran unos cuantos euros: artilugios de toda índole y ropa y calzado con origen en Asia. Nos parece normal que en verano nuestras naranjas provengan de Sudáfrica o Argentina, por ejemplo, pero no nos gusta que los virus se muevan en un contexto que nos permite sentarnos en una cafetería de Madrid rodeados de personas que ayer estuvieron en la otra punta del planeta. Y sencillamente, no puede ser.

En un mundo global las amenazas son globales y parece increíble que todavía nos creamos a salvo de algo que ocurre en otro país o continente. No hay que caer en la alarma, pero tampoco vivir pensando que nuestras banderas y vergonzantes fronteras nos puedan proteger de problemas globales como una epidemia o la emergencia climática, que nos debería preocupar bastante más que el CoVid19.

Igual que esos fenómenos meteorológicos a los que hemos decidido poner nombre, los virus se mueven y nos conciernen a todos, aunque en nuestra mano está caer en la histeria colectiva o mantener la calma.

El pánico local y la irresponsabilidad de los medios de comunicación

Por todo lo anterior, para mí era obvio que este coronavirus llegaría a Europa, y que España, tarde o temprano, tendría su primer caso. Por eso me sorprende aún más el pánico que se ha desatado y la reacción de muchos medios de comunicación que han entrado en un irresponsable paroxismo.

La retransmisión de la noticia de cada nuevo caso me recordaba a aquellas remotas tardes de domingo, cuando todos los partidos de la liga de fútbol se jugaban a la vez y un pitido indicaba que se había producido un gol en algún lugar. ¡Gol en la Condomina! ¡Penalti en Carranza!

Los medios, tan raquíticos en sus recursos como en la asunción de criterios éticos y de servicio público, destinaban un equipo móvil a la puerta de cada centro hospitalario donde ingresaba un infectado con unos síntomas de menor virulencia que la gripe común. Y cada comunidad autónoma que se sumaba a la lista de “tenemos el primer caso” repetía la secuencia de torpezas y estupideces de las anteriores.

Al final, las voces de las autoridades sanitarias llamando a la calma se han emitido sin lograr ningún efecto en la población. Supongo que ha hecho más efecto ver mascarillas, tubos de ensayo en los laboratorios y las infografías de la propagación del virus en su dimensión geográfica y numérica. Como decía una profesora de la Facultad de Periodismo que me tocó padecer: “los muertos, primeroooooo”. Pues sí, sobre todo, los muertos; y en el cuarto oscuro, el derecho a la información, la vocación de que un buen periodismo puede contribuir a una ciudadanía crítica y la derrota íntima de quien ve que el oficio con el que soñó es hoy, con contadas excepciones, un verdadero asco.

Mientras tanto, los muertos caen por miles de sarampión en la República Democrática del Congo, 140 niños pueden morir en el campo de refugiados de Moria si no reciben la atención médica necesaria y Siria, por citar solo uno de los escenarios bélicos del momento, se desangra. Ante estos casos plagados de cadáveres, aquella profesora me podría decir que estoy olvidando el factor “proximidad”. En efecto, nos interesa más lo que pasa en nuestro entorno más cercano. Por eso debe ser noticia mirarnos el ombligo, decir que alguien tose y sembrar el miedo, siempre tan a flor de piel y tan interesante para ejercer el control sobre la masa.

Y mientras tanto, ya saben, lávense las manos.

6 comentarios sobre “El coronavirus y el miedo

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  1. ‘Consulte en directo la evolución del brote…’ Esta indicación está en casi todos los periódicos digitales, promoviendo y promocionando nuestra ansiedad por tantas personas que conocemos aquí y allá.
    También para que nos hagan llamadas telefónicas sin mucho fuste a los que somos trabajadores de la sanidad pública e incluso te lleguen a hacer advertencias o a mirar raro por si pudieras ser portadora, o directamente a cancelar un encuentro informal con un por si acaso soterrado que se nota en excusas sin sentido, miradas esquivas y todo tipo de lenguaje no verbal de manual.
    El miedo, emoción poderosísima.

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    1. Mil gracias por tus palabras. No lo había visto hasta hoy. La situación ha cambiado mucho desde que escribí el post. Lo mismo toca retomar el tema, aunque estamos todos pelín saturados.

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