Sorry we missed you, la última película de Ken Loach

Sé que al ver las películas de Ken Loach no salgo ilesa, pero aun así no me salto ninguno de sus estrenos desde que le descubrí hace muchos años, cuando Lloviendo piedras (Raining Stones), se proyectó en España tras recibir el premio del Jurado en el Festival de Cannes (1993), y me sirvió para descubrirle.

Cuando me acerqué a los cines Golem de Madrid, esas magníficas películas sin palomitas, y compré la entrada para Sorry we missed you sabía que me arriesgaba a salir conmocionada, pero también estaba segura de que iba a ver una película que merecía la pena.

Una vez más, el nuevo trabajo de Ken Loach me pareció lúcido y portentoso, una obra de arte capaz de presentarnos de forma brillante y dolorosa algunos de los ángulos hostiles de la realidad. Esas afueras de Newcastle, esas historias de precariedad vital que se desarrollan en los márgenes menos soportables de nuestro sistema económico, podrían ser la de cualquier barrio humilde de nuestro país, y todos conocemos a alguien que se parece a Ricky, a su mujer Abby y a sus hijos Seb y Liza Jane. También puede que no hayamos hablado con ellos, pero nos hemos cruzado con sus miradas en el metro.

Un guion sobre los trabajadores pobres

El guion de Paul Laverty es como siempre inmejorable, lleno de matices y muy sabio para detener la dosis de dolor en ese punto donde puede resultar intolerable. La injusticia se hace fuerte en los recovecos del amor y la ternura, en la fortaleza de una familia humilde cuyos afectos se resienten por culpa de la brutalidad del afuera. 

Los actores, tan veraces, tan de carne y tan al límite de las fuerzas, logran ese estado de gracia en el que los personajes que interpretan y su persona son lo mismo. Y una les ve en la cocina, en el salón, cogiendo el autobús o peleando con la vida y les reconoce. Y más allá de reconocerles, se plantea por qué hemos asumido como normalidad la barbarie que condena a la marginación a los trabajadores que a pesar de serlo, son pobres. Esa porción creciente de las estadísticas se deja la piel para progresar y ofrecer un futuro a sus hijos, al margen de que la voracidad de un capitalismo sin escrúpulos ha vendido su sudor y sus ganas de salir adelante a precio de saldo.

Fuera del cine, la ciudad de Madríd había encendido las luces navideñas. En el metro, de vuelta a casa, muchos iban con bolsas y los anuncios nos avasallaban desde todos los ángulos con el dichoso Black Friday, y con una infinidad de aplicaciones que nos proponen cualquier oferta y servicio a golpe de clic.

Los personajes de la película, sus historias, su sufrimiento se me hacían un nudo en medio de toda esa parafernalia. Sorry we missed you, aunque no se considera un documental, tiene todo el peso de una realidad injusta y despiadada.

La cara oculta de la economía low-cost

Ha sido fácil hacernos creer que podíamos pedir la comida a domicilio sin sobreprecio y a tiempo récord, que los productos son más baratos aunque hayan recorrido miles de kilómetros y hayan consumido mucho combustible dejando una huella ecológica insostenible. Pero todo eso es mentira.

Detrás de lo barato se esconde la precariedad de alguien que hemos hecho invisible o hemos llamado emprendedor. Ellos, los falsos autónomos de Glovo o Deliveroo, los repartidores que trabajan para empresas intermediarias de Amazon, son la última versión de una esclavitud moderna que se desenvuelve a través de plataformas digitales donde se calculan sus horarios, su productividad y su disponibilidad sin tener en cuenta un mínimo de justicia social y laboral. Por supuesto, de valores éticos, ni hablamos.

En los créditos de la película había una línea en la que seguramente reparamos muchos de los espectadores, que estábamos aún aturdidos cuando dieron las luces de la sala. Esa línea agradecía los testimonios de los conductores con los que habían hablado para escribir el guion. Sin sus testimonios hubiera sido imposible levantar una película tan alarmantemente verdadera.

El otro colectivo laboral precarizado que la película refleja de forma magistral es el de las mujeres cuidadoras, las invisibles de la dependencia. Gracias al personaje de Abby, vemos sus jornadas contra reloj para atender a los más vulnerables: ancianos, enfermos, demenciados. Personas solas que en su cuidador tienen un apoyo cuya nómina es miserable gracias, en parte, a esa cadena de contratas y empresarios oportunistas que acaba gestionando servicios sociales básicos. 

Ken Loach lo explica magistralmente en algunas entrevistas: “el sistema ha llegado a la perfección, con el obrero obligado a explotarse a sí mismo para sobrevivir”. Tal vez para esta película no ha hecho falta recurrir a la imaginación, pero son indiscutibles el talento y los ojos bien abiertos para saber contarlo como lo hace él. ¡A sus 83 años!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

Crea tu sitio web con WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: