Aniversarios en Sol

Hace algunas semanas, subí caminando desde la calle Alcalá hasta la Puerta del Sol. Era una tarde de viernes primaveral. Parecía un regalo después de muchos días de lluvia y cielo gris. Madrid quería despertarse y sentirse bonita, a pesar de todo. Me senté unos minutos en un banco de piedra ante un trío de músicos que interpretaban piezas clásicas junto a las puertas de la Real Academia de San Fernando. Les dejé unas monedas e intercambiamos unas sonrisas de gratitud a través de las mascarillas.

A medida que avanzaba, la luz que se dejaba entrever al fondo del horizonte se convertía en un imán. Aún lejos, la Puerta del Sol se intuía envuelta en esos colores únicos y apabullantes del atardecer madrileño, rebosante de turquesas, violetas y anaranjados. Sin filtros, la cámara del móvil sacó una fotografía que parecía un cuadro impresionista. Quedaban aún unos días para que comenzara la campaña electoral y se celebraran las elecciones. Los colores y la tibieza de la tarde querían ser un guiño a una esperanza improbable. Tal vez tanta belleza estaba ahí para algo. Al menos, consolaba.

Desde lejos, distinguí a un amplísimo corro de personas. Al ser tantos y mantener la distancia entre sí, abarcaban buena parte de la plaza. Pensé que era alguna concentración autorizada, pero era una reunión espontánea alrededor de un músico que, con buena voz y su guitarra, interpretaba canciones alegres que todos nos sabíamos. No faltó quién se puso a bailar ni quienes se lanzaron a hacer los coros de aquellos temas de viejos veranos que traían un soplo de brisa del mar, cierto aliento de felicidad posible. Los ojos brillaban. Sentíamos que estábamos vivos.

El reloj del edificio que alberga la sede de gobierno de la Comunidad de Madrid dio las nueve. Y a los pocos minutos, un par de coches de la policía municipal entraban en el espacio peatonal de la plaza y acababan con la música. Al verlos llegar, el músico explicó que el permiso para tocar expiraba a las nueve. Se disculpó… A pesar del reciente cambio horario y la primavera que queríamos disfrutar, las ordenanzas eran claras. El público se fue dispersando sin rechistar, echando unas monedas en la funda de la guitarra, mientras yo me quedé remoloneando por allí, esperando que la policía se fuera. No había multa, no se llevaban los instrumentos ni la recaudación… “Buena onda, todo bien, me despisté con la luz y el cambio de hora”, me dijo Charly Alvarenga (en Instagram). Nos despedimos con un amplio gracias.

La policía cumplía órdenes, impedía la felicidad por unos minutos de más. Nos devolvía a esta vida reglada que condiciona tantas cosas pequeñas e imprescindibles. Seguí mi camino y me detuve ante el escaparate de La Menorquina, ya cerrada. Aquel rumor de azúcar cálido, el recuerdo de sus napolitanas de crema recién hechas me devolvían el buen sabor de boca de una tarde que había iniciado con el propósito de cuidar del alma y el cuerpo, tan atravesados por las derivadas de la pandemia.

Han pasado muchas cosas dentro y fuera de la Puerta del Sol desde aquel 9 de abril en el que me iba haciendo nuevas promesas, mientras paseaba por algunos de mis rincones más queridos de Madrid.

En lo personal, cumplí 50 años e imaginé un texto, en línea con el del año pasado, pero luego faltaron tiempo y ganas para escribirlo; también ha habido muchas citas médicas, propias y ajenas, y lo que queda, demandando energía y llamadas, atención a la agenda y al cuidado, cierta paciencia que se agota entre vacunas, pruebas diagnósticas y consultas diversas. Afortunadamente, nada es grave, pero sí fatigoso, en unos tiempos en los que las fuerzas van muy justitas. En lo político, tampoco encontré el brío necesario para analizar algunos hitos de la delirante campaña electoral de las elecciones autonómicas madrileñas; y después, atragantada con la tristeza que me brindaron las urnas, tuve una digestión demasiado pesada en la que se juntaron unos resultados incontestables, una falta de autocrítica casi generalizada y un recital de improperios e insultos con los que se nos bendijo a todos los madrileños, desde una diversidad de rincones y voces que decían ser progresistas.

Reconozco que me estaba costando recuperarme de todo esto cuando la Puerta del Sol vuelve a las portadas de los medios, ya sea por el desfile etílico del fin del estado de alarma (que no solo se produjo en esta ciudad); y ante el inminente décimo aniversario de aquel 15-M con el que esa plaza madrileña también atrajo las miradas de medio mundo. Tampoco puedo olvidar que en Sol hemos visto concentraciones por Colombia (y las que quedan), y no tardará en llegar la bandera palestina (si es que no lo ha hecho ya).

“El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, le dice Ilsa Lund a Rick Blaine en un momento inolvidable de la película Casablanca. Y yo estoy por contestarle que sí, que el mundo se derrumba mientras unos se emborrachan, otros se lavan las manos o se frotan los ojos, y otros se curan las heridas o entierran a sus muertos. Confío en que también nos quede sitio para el amor porque de lo contrario, estamos perdidos.

Un gran amigo y fiel lector me dijo una vez que mis textos siempre median o terminan mal. Su reto era que un día me atreviera a darle la vuelta a la tristeza y acabar en alto, en plan locura. Pienso en él mientras alcanzo estas líneas sintiendo una doble derrota: por haber descubierto el plan y porque no soy capaz de hacer lo que me pide. ¿Cómo escribir la esperanza sin caer en un fallo enorme de coherencia narrativa? ¿Cómo mantener la chispa de la ilusión ante este cotidiano devenir de egoísmo?

Soñando otro mundo, en 2011. (Foto personal).

Quizás el único camino, a estas alturas del texto, sea volver a esa Puerta del Sol donde hace diez años empezamos a soñar otro mundo. Si alguien nos hubiera contado lo que íbamos a vivir en tan sólo una década no le hubiéramos creído. Aquel entusiasmo y compromiso colectivo es algo que no olvidaremos nunca quienes durante aquellas noches entrelazamos las manos y levantamos gritos silenciosos que estallaban en aplausos cargados de una contagiosa y feliz energía. En los años posteriores, hubo nuevas concentraciones y asambleas, movidas por la nostalgia y también por un deseo de cambio que seguía latiendo y aspiraba a más. El año pasado reinó el silencio. Este año yo solo tengo interrogantes.

Ahora mismo, es imposible tomarle la mano a alguien, más aún si es un desconocido; y manifestarse en un entusiasta enjambre humano como aquel. Me temo que la confianza en los procesos colectivos ha vuelto al espacio de la utopía, aunque me consuela saber que sigue latiendo y salva vidas en multitud de hospitales y en otros espacios de resistencia y solidaridad.

Juntos podemos ser más fuertes, pero esta pandemia nos ha metido a cada uno en nuestro rincón, desde donde hemos visto que se rompían muchos nexos mientras luchábamos por no rompernos. Si bien los recuerdos tienen una fuerza contrastada para sacarnos de amnesias y traumas, no estoy muy segura de que las fotos de hace diez años, las canciones de otros veranos o el sabor de una napolitana de crema vayan a salvarnos. Habrá que ir pensando nuevos caminos. Y si en ellos podemos seguir cantando y bailando como en aquellas horas de la primavera de 2011, será buena señal. No habremos muerto.

Un atasco de barcos y palabras

Tras seis días de trabajos, dieron fruto las maniobras para desencallar el Ever Given y el Canal de Suez volvió a estar operativo. De nuevo grandes cargueros lo atraviesan, mientras varios puertos se preparan para sortear un nuevo atasco de mercancías. El primero, lo provocó el accidente; a continuación, se intuye un tráfico a toda máquina para cumplir plazos y entregas antes de que se pudra lo que viaja en millones de contenedores, ajenos a nuestros ojos, y peor aún, al margen de una normativa sujeta a la moral y a la ética. Ya lo sé, soy una antigua.

He seguido el tema de forma lateral, porque estoy aburrida de este periodismo espectacular que apenas aporta algo. Quizás por eso no he escuchado a nadie subrayar que, aunque los medios hablan del Ever Given, el nombre más visible en la eslora del buque es Evergreen; y que en la popa, bajo esas mismas letras, figura escrito Panamá, el pabellón bajo el que, supongo, opera ese carguero. Es decir, que se trata de un barco que seguramente haya cambiando de naviera y/o nombre, y que usa una bandera de conveniencia. ¿Para librarse de multas e inspecciones? ¿Cómo en su día hicieron el Prestige y el Exxon Valdez? Ya lo sé, soy una aguafiestas, con lo bonito que ha resultado que el barco vuelva a navegar.

Afortunadamente, lo que transporta el Ever Given no deja una visible marea negra, sino las consecuencias de la globalización y del sistema económico que marca nuestra época, este capitalismo desquiciado que solo aspira a maximizar el beneficio económico. Algunos medios, aunque pocos, hablaron de las condiciones en las que suelen ser contratadas y trabajan las tripulaciones de esas moles fantasmas llenas de mercancías que hicieron cerrar las fábricas donde quizás trabajaron nuestros abuelos. Qué más da. Lo que importa es recibir los pedidos de Amazon y AliExpress. Que se entreguen las piezas de eso que aún fabricamos de milagro a partir del trabajo de empresas auxiliares. Lo que importa es que el comercio mundial vuelva a latir aunque sea dejando su reguero de daños colaterales. ¿Huella ecológica? ¿Cambio climático? ¿Deslocalización? ¿Quién dijo miedo?

De pronto, en una conexión inconsciente, la imagen del colapso del Canal de Suez me llevó hasta el mundo editorial más próximo. Imaginé los centenares de libros que detuvo la pandemia. Durante meses, no hubo librerías, ni ferias, ni presentaciones ni lecturas… Luego se fueron recuperando algunos de esos espacios donde solíamos acudir al encuentro del libro y el amigo, de la conversación más o menos literaria, pero no todo ha vuelto. Los meses de castigo dejaron huella en la salud, en el ánimo, en el bolsillo o en los tres sitios a la vez. Ya no somos los mismos.

Desde que reabrieron, visito las librerías como quien acude a un centro de rehabilitación, sin saber muy bien quién está más enfermo: las editoriales y los libros que esperan una mano, los libreros exhaustos o yo misma. Compro ejemplares que no leo, como si eso fuera parte del tratamiento que tengo al alcance. Apenas encuentro sosiego y tiempo para la lectura. Pero sigo comprando, por si alguna vez mis ojos y mi cabeza quieren perderse en esas páginas, por si recupero las fuerzas para ello. Por si me recupero yo.

En el rincón de mi estudio, miro también los cuadernos y los proyectos interrumpidos, los libros acabados y atascados en un proceso de tedio y avería, mucho más pequeño e íntimo que el del Canal de Suez, pero doloroso y extraño. Paralizante.

Pienso que quizás sea el momento de no escribir ni publicar más. No es una idea que venga desde Egipto y tampoco es fruto de la pandemia, puesto que lleva rondándome años. Lo que ha cambiado es que ahora la siento como una opción más cercana. Al decírmela en voz alta, reconozco que me duele y que seguramente no pueda evitar escribir, porque no me reconocería si lo dejara; pero tal vez tenga todo el sentido quitar importancia al hecho de publicar. Asumir que tal vez no vuelva a ser posible.

Muchas editoriales explican en sus páginas web que no están en disposición de leer ni recibir más originales. Me temo que hay tantas personas con libros acabados y sin salida que entre todos hacemos un atasco de palabras que tapona las siguientes; y lo que es peor, a veces, me da la sensación de que obstruyen la propia vida. Se obstruye el día a día en la pregunta del para qué. No es una pregunta nueva pero cobra más fuerza y cada vez me hace más daño no encontrarle respuesta.

Quizás sea mejor seguir escribiendo sin expectativas. Escribir como siempre hice, como quien respira. Escribir como cuando, desde muy pequeña, empecé a aprovechar las páginas no utilizadas de los cuadernos escolares. Escribir para mí y disfrutarlo. Sin esperar nada ni a nadie. Mucho menos una reseña, mucho menos un premio. Mucho menos la mentira de que hay lectores al otro lado. Al otro lado, solo hay amigos. Un pequeño grupo de personas fieles y queridas que me han dado aire durante años. Les agradezco mucho su paciencia y su ánimo. La mayoría estuvieron conmigo, de una manera u otra, aquella tarde mágica en la que presenté mi primer libro De paso por los días, allá en la primavera de 2016.

Transcurridos casi cinco años, puedo decir que aquello tuvo lugar, que me hizo feliz. Que el sueño fue realidad. Y asumir también que luego la realidad se ha transformado. Y nos deja ante este nuevo mundo empantanado donde todo está a la espera, aunque cada vez más se parece a aquella pieza teatral de Samuel Beckett, Esperando a Godot.

No sé si tiene sentido esperar, si llegarán los remolcadores para los viejos sueños, si merece la pena seguir corrigiendo páginas estériles en lugar de acariciar a Fénix, llamar a los amigos que están lejos o ver a los que viven dentro de los límites de esta vida perimetrada. El futuro lo dirá mientras trazo nuevos planes y reflexiono sobre mis propósitos vitales.

Una Semana Santa para la nostalgia

La naturaleza reverdecida y la primera luna nueva de la primavera han sido las dos señales que nos han anunciado la Semana Santa. Los ciclos vegetales y lunares respetan sus tiempos, mientras nosotros nos detenemos ante la segunda Semana Santa más extraña de nuestras vidas.

Es inevitable no pensar las fechas, a pesar de este calendario aturdido por la pandemia. Es difícil no acusar la nostalgia tras este Domingo de Ramos con tan poco aire celebrativo, tan vaciado de los ritos que construyeron nuestra infancia, aunque fuera algo tan nimio como estrenar calcetines.

Desde hace semanas, las torrijas hacen su guiño dulce en los escaparates, pero este domingo no ha sido fácil encontrar un puesto callejero de palmas y ramas de olivo. Tampoco se escuchan las ruedecitas de las maletas que huyen de la ciudad ni se hacen planes en voz alta.

Decía nostalgia, y no puedo evitar pensar en otros Domingos de Ramos cuando, en Jerez de la Frontera, amanecía mirando el cielo, deseándolo resplandeciente para disfrutar las procesiones que inauguraban una semana repleta de belleza, un goce para los sentidos al margen de la fe religiosa.

No he sido fiel a la cita todos los años, pero en estos dos últimos he añorado como nunca aquel olor a azahar que se mezclaba con el incienso en calles caldeadas por un sol generoso, aquella sensación de fiesta en las plazuelas y las miradas. La música y el silencio, lo solemne y lo mágico, el sincretismo ante una emoción primigenia.

Decía nostalgia y recupero los recuerdos de aquel trasiego de penitentes que caminaban apresurados con su túnica recién planchada; aquel nerviosismo a las puertas de los templos, con el gentío aguardando el inicio del ritual, la apertura de la puerta y la aparición de la cruz de guía; y por fin, la pisada acompasada de todos a una, tan poco habitual en este país, repartiendo el peso bajo el respiradero; y el grito del capataz, guiando a decenas de hombres en penumbra, bajo la descomunal carga de un paso de misterio o de palio, dotándole de belleza y vida con un movimiento calculado, sutil y extraordinario a un tiempo, sin poder contemplarlo.

Esta Semana Santa no habrá procesiones ni saetas en las calles, tampoco esa algarabía pagana que compartía un vino y conversación entre un paso procesional y el siguiente; mientras los niños se afanaban en amasar una bola de cera con la derramada por los cirios penitenciales, mientras los adultos se preguntaban por sus propias cuitas, ante la figura de un dios traicionado o crucificado y una madre doliente.

No habrá viajes, pero estamos vivos. No habrá viajes, pero este año, a diferencia del pasado, podré estar acompañada. No habrá viajes, pero hay parques, museos, librerías, salas de cine y teatro que podré disfrutar en este tiempo de descanso que agradezco como si fuera agua bendita.

Tras más de un año de pandemia y del cambio que a cada uno le ha supuesto en su vida y en su interior, recibo agradecida esta pausa y casi echo de menos el silencio de épocas más rígidas. Si fuera posible, pediría un poco de silencio a nuestros políticos, al margen de que sean creyentes o de la fe que profesen… les pediría un poco de respeto hacia la ciudadanía. Que se recogieran como antiguas beatas a pensar en sus faltas, a hacer un verdadero examen de conciencia.

Personalmente, creo que el comportamiento de muchos representantes públicos nos ha sumido en una pandemia peor que la del covid. Se llama desesperanza. Surge de verles a la gresca, interesados y egoístas, preocupados por su posición y sus sillas, como esos falsos creyentes que se dan golpes en el pecho en un sitio privilegiado de la carrera oficial, mientras otros buscan la religión en gestos pequeños que son realmente salvadores.

Quizás por eso me ha venido a la cabeza y a la memoria ese resoplido colectivo, compartiendo el escaso aire posible mientras paso a paso continúa ese trabajo esforzado fuera de los focos. Bajo el peso enorme de estructuras de madera y plata, con el firme propósito de avanzar sin dejarse vencer por el cansancio o el desánimo; midiendo cada centímetro de los giros en calles estrechas para no dañar el paso; sacando fuerzas de donde apenas quedan al regresar al templo, en un alarde de belleza y entrega que es difícil de entender si no se ha vivido de cerca.

Decía y digo nostalgia, pero también digo presente y futuro. Ojalá supiéramos recuperar la fe y la esperanza, y caminar todos a una, para reconstruir los daños que nos rodean desde la última primavera.

Un 8 de marzo distinto

Hoy es 8 de marzo, pero no tiene nada que ver con ninguno de los anteriores. Me he vestido con un jersey morado, pero no abrazaré ni brindaré con mis compañeras de la oficina, no nos haremos una foto juntas, no habremos parado a las 12 horas a las puertas del centro de trabajo porque estamos teletrabajando. Tal vez nos consuele algo habernos visto las caras a través de zoom, haber sentido que la distancia nos afecta y que nos echamos de menos porque juntas somos más.

Tampoco acudiré a ninguna manifestación porque Madrid es la única ciudad de España donde se han prohibido. Compartiré mensajes y videos a través del teléfono y las redes sociales con mujeres conscientes de que nos sentimos más solas que en ningún otro 8 de marzo. Seguramente, este Día Internacional de la Mujer será más íntimo que ninguno. Pensando, repensando este mundo que nos sigue dando motivos para saber que debemos afrontar muchos espacios de reivindicación porque la igualdad de derechos no es realidad. Y aunque hemos avanzado, queda mucho por recorrer.

Pensé que hoy sería un lunes más, un 8 de marzo más; pero es el 8 de marzo más triste que recuerdo. Es el 8 de marzo que, también, como todo en este tiempo, marca la pandemia. Igual que fue un cumpleaños triste, una Semana Santa tristísima, una primavera robada, un verano mutilado, unas navidades llenas de límites y un día a día condicionado… hoy toca sumar una fecha más que se contagia del pesar y las limitaciones de este tiempo. Y reconozco que me ha afectado. Hoy, como tantos del 2020 y 2021, es un día de fiesta que no puedo celebrar como quisiera.

Por primera vez en años, en la noche del 7 de marzo y en el amanecer del 8, no he escuchado coros de mujeres cantando por las calles: “Vecina, escucha, estamos en la lucha”, “Aquí estamos las feministas”, con su ruido de cacerolas y percusión doméstica, combativa y luminosa. Aún no salí de casa e ignoro si hay pancartas, si hay pintadas, si hay folios pegados en las farolas, en las marquesinas de los autobuses, en el acceso al metro. Es un 8 de marzo raro en el que, forzada por la nostalgia, me acuerdo de otros y me hago nuevas promesas.

En 2019 secundé la huelga feminista y fui a la manifestación, entretuve las horas de la mañana en repasar los sueños robados o aplazados, en hacer memoria de la mujer que soy. Aquello quedó por escrito en este artículo.

Hoy no voy a repetir lo ya escrito, pero al volver a leer ese texto reconozco las heridas de siempre y vuelvo a invocar la necesidad de que las cosas cambien. Que cambien para bien y cuanto antes, porque lo mismo nos cansamos de aguantar y perdemos la paciencia. La paciencia de trabajar sin descanso y ser menos consideradas, la paciencia de acatar mandatos ajenos como si fuéramos siempre niñas o mujeres incapaces o locas. Durante siglos nos pidieron estar calladitas, resignadas, en segundo plano… Y algunos se atreven a pedirlo a día de hoy, desde espacios de poder, olvidando que la lucha y las conquistas de las mujeres beneficiarán al mundo. También a sus hijas e hijos.

En los últimos años me ha emocionado la fuerza de las más jóvenes. Ellas han hecho que vuelva a las calles. Antes del “No es no”, el “No estás sola” y “Yo te creo, hermana” hubo otro gran día violeta: El tren de la libertad. Fue el 1 de febrero de 2014 cuando miles de mujeres procedentes de toda España salimos a las calles de Madrid y acabamos forzando la dimisión de un ministro que pretendía devolver el aborto, un derecho sexual y reproductivo de las mujeres, a los años de la prohibición y la caverna del castigo. Supongo que se pasó de frenada. No calculó nada bien entre su potencial electoral y nuestra furia colectiva. A los hombres obcecados que vuelven a manosear nuestros derechos y nuestras palabras, a los que cobardemente vandalizan la imagen de nuestras referentes, les recomiendo que revisen la hemeroteca. Que pongan sus barbas a remojar. Que lean. Que escuchen.  

Hace años que hemos decidido no dar un paso atrás. La pandemia nos ha puesto contra las cuerdas: en casa, más precarizadas, más silenciadas, más pobres, más indefensas. Las cifras están ahí para quien las quiera buscar. Se multiplican en las webs de organizaciones feministas, sindicatos, asociaciones, partidos políticos, organismos nacionales e internacionales y platean un escenario desolador. Por poner un ejemplo, os dejo las que ofrece la Coordinadora de ONGD de España, junto al lema de este año, “Ante la emergencia social, el feminismo es esencial”.  

  • Una de cada tres mujeres en todo el mundo ha experimentado  violencia física o sexual, principalmente a manos de su pareja.
  • A nivel mundial, solo 10 de los 152 jefes de estado elegidos son mujeres.
  • Durante el estado de alarma las peticiones de asistencia a víctimas de violencia de género en España supusieron un 57,9% más que el año anterior.
  • El Comité de Emergencia de la OMS para COVID-19 cuenta con un 20% de representación femenina
  • Las mujeres realizan el triple de trabajo doméstico y asistencial sin remuneración.
  • La Covid-19 podría provocar la pérdida de 25 millones de trabajos, situación en las que las trabajadoras migrantes son especialmente vulnerables.
  • En la UE la brecha salarial entre hombres y mujeres es del 24%. En España del 27%.

Datos así nos tienen que rearmar. Este año es especial. Seguiremos siendo responsables. Creo que es una palabra que sabemos vestir desde que nos trajeron al mundo. No nos resulta grande ser corresponsables del momento histórico que estamos viviendo, pero tenemos memoria colectiva. Y no la vamos a perder. El año que viene volveremos a ser una cascada violeta imparable y hasta entonces, seguiremos atentas y trabajando. Reconstruyéndonos desde lo personal y recuperando las fuerzas y el compromiso colectivo.

Vamos, mujeres, junto a los hombres que están dispuestos a acompañar este camino y esta lucha. Tenemos que ser capaces de abrazar la esperanza a pesar de tanta frustración y tanta injusticia.

Cuenta atrás hacia la primavera

El tiempo siempre nos hizo trampas. Cuando éramos pequeños soñábamos con crecer y anhelábamos que todo fuera más rápido, usar la mano entera para alcanzar el cinco y después, las dos manos para sumar hasta diez. ¡Menuda cifra! Luego atravesamos los años confusos de la adolescencia y la juventud. Ya no mostrábamos nuestra edad con los dedos de la mano, pero tampoco nos salían las cuentas. Era demasiado pronto para ciertas cosas, demasiado tarde para otras. Nos hicimos mayores sin ser realmente conscientes, y la década de los treinta y los cuarenta no cumplieron demasiado con el guion previsto, aunque en mi caso, a falta de un par de meses, están prácticamente completadas.

Día a día y año tras año, el calendario avanza y da la sensación de llevarnos por delante, aunque tachemos los días para saber en cuál estamos y señalemos algunos con círculos de colores para no despistarnos del todo. Tal vez sea la pandemia y la vida medio confinada, pero yo siento más que nunca este tiempo extraño que se escapa sin vivir. Mi confusión temporal se ha multiplicado a pesar de que tengo más calendarios que nunca ante los ojos. No faltan los momentos diarios en los que tengo que mirarlos varias veces. Y pellizcarme. La vida pasa.

Estamos a punto de concluir febrero. El carnaval fue una nube borrosa sin disfraces ni bailes; más que nunca, dejó un halo de ceniza. La naturaleza sigue, a su ritmo, y ya he visto almendros en flor. Quizás sus pétalos delicados y su fragancia estén intentando despertarnos de nuestro atontamiento. Y tal vez sea que los hemos visto sin verlos del todo. Se acerca la primavera, pero aún recordamos las heridas que nos dejó la última. Aquella que no disfrutamos ni vimos, la que quedó suspendida en lugares y olores que nos fueron prohibidos: ni el bosque ni el mar, ni el primer azahar, ni el incienso en las calles.

Ante este nuevo marzo, tampoco hacemos planes ni sabemos qué deseos formular o formularnos. El verbo salvar ha perdido su sentido, ¿qué vamos a salvar ahora, si apenas hemos salvado algo desde el año pasado? Las olas, por su parte, ya no nos llevan al mar sino a un listado interminable de cifras que esconden los nombres de personas que no están. Los itinerarios de otro tiempo permanecen cerrados, en un marasmo de normas ante el que nos hemos dado casi por vencidos. Escalar y desescalar no tiene nada que ver con un día de montaña y hace mucho que las curvas dejaron de ser el espacio de una caricia o el giro previo a un paisaje inesperado.

Se suma a mi confusión el hecho de que, en medio de este tiempo sin tiempo, nos insistan ahora en cada aniversario. Se va cumpliendo un año de cada hito fehaciente: el primer ingreso, el primer fallecido oficial, el primer sanitario contagiado, la primera residencia abandonada a su suerte, la primera declaración del estado de alarma… Y mientras los medios nos obligan a la memoria, revivimos el contraste entre el recuerdo de aquella perplejidad y nuestra experiencia hasta ahora. En lo más íntimo, llevamos el recuento de todos los abrazos a los que hemos renunciado, las celebraciones grandes o pequeñas aplazadas, los días que no hemos sido como éramos, los momentos en los que no pudimos hacer aquellas cosas que constituían la verdadera y anodina vida normal.

Vendrá la primavera y nos hará preguntas. Antes de su inicio oficial, aprovecharé los últimos días para coger impulso. De nuevo. Las esperanzas de enero se quebraron en pocos días y febrero, desde hace algunos años, se ha convertido para mí en el tiempo de las oportunidades. Un mes fetiche. Varias carambolas biográficas han hecho de él un mes propicio. Siempre le tuve cariño porque se cierra con el día de Andalucía, esa tierra que hice mía desde los afectos de la infancia, por mucho que mi documentación oficial no diga nada de ella. Pero los últimos febreros trajeron momentos de renacimiento personal y nuevas oportunidades vitales. Regalaron algún día libre que me permitió descansar y disfrutar de una cierta pausa para volver a calibrar las expectativas de brindis no tan remotos. Este febrero he tenido que aprovechar los días pendientes de 2020, esos días de vacaciones que caducan. Los que suelo guardar para el por si acaso, por si surge un imprevisto o algo especial. Días cargados de los planes que finalmente no existieron y a la postre han servido, y no es poco, para coger aire.

Hemos sumado tantas negativas y tanta tristeza, hemos acumulado tanto cansancio que es fácil que fallen las fuerzas. Hemos retorcido tanto nuestras palabras en nuevos y tristes significados que muchas de ellas han perdido su parte de magia y de esperanza. ¿Cómo podremos formular nuevos deseos sin palabras? Tal vez mirando esos pétalos, esos brotes. Resignificando esa vida vegetal y asumiendo parte de su fuerza, de su dinámica imparable.

Somos lo que hacemos con el día a día, ese ajetreo de tareas infinitas que no nos deja llegar a nada, ese tiempo robado por los deberes más que por los placeres y los deseos. Antes de que febrero desaparezca ante mis ojos, haré una nueva lista de ilusiones y proyectos. Quizás escribiéndolos pesen hasta cumplirse. Voy a intentar confiar otra vez en la magia de las palabras. Elegir las más rotundas. Tal vez no se evaporen como los días idénticos y lánguidos en los que nos hemos sumido.

Quiero brindar antes de tiempo por esa primavera que necesitamos, por una primavera en cada uno de nosotros. No dejéis de mirar las primeras flores, los brotes que salpican árboles y matorrales, dispuestos a contradecir las heridas de la nieve y de todo lo demás. A pesar de todo, necesitamos la esperanza.

Permitidme que me mantenga suspendida de esa belleza, alojada en las nubes y las flores más tempranas, las que se atreven a desafiar madrugadas aún frías y heladas a destiempo. Todos los años se precipitan al nacer, se arriesgan a lluvias y ventoleras que siembran las aceras con su osadía. Seamos prudentes en el día a día, pero osados al desear, porque nos hacen falta más fuerzas que nunca.

Un paisaje de sombras

Vino Filomena y escribí de la nieve. Quizás fue una excusa para evitar al bichito. Va a hacer un año de mi primer texto descreído, cuando según las primeras informaciones la afección en España sería escasa. No vimos venir los miles de muertos, la realidad de un país arrasado económicamente, tanta niebla sobre el horizonte y sobre la vida de cada quien. Ahora vamos viendo los resultados pero somos conscientes de que no es una foto fija. Tiende a empeorar, mientras cada uno de nosotros intenta no resquebrajarse.

De Filomena sabíamos de su llegada. Excepto algunos políticos que están en una realidad paralela, todos lo sabíamos. Pero tampoco anticipamos que arrasaría con más del 60% del arbolado de la Casa de Campo y El Retiro. Ahora tenemos otra certeza. La belleza y la sombra que nos faltarán cuando busquemos su auxilio bajo el sol de los próximos meses.

Da la sensación de que Madrid va a mantener abiertas las heridas de este tiempo durante un alargado futuro de sombra. Una sombra sin árboles. Una sombra que se construye con centenares de cierres echados, casas vacías e innumerables duelos. Una sombra que se ha proyectado en el silencioso trabajo de cementerios y crematorios sin abrazos.

Empezamos a saber o a intuir que tampoco vamos a salir iguales. Ni indemnes. Lamento quitar las esperanzas de los que pensaron que saldríamos mejores. Supongo que ya no les quedan. A estas alturas, hemos visto a servidores de lo público y servidores de Dios convirtiendo su posición de servicio en privilegio, mientras los mercaderes del templo de la gran industria farmacéutica, tan opaca y opulenta desde que tengo memoria, ponen precio a la vida de la población, al margen de cualquier consideración ética y moral, en un casino vergonzoso de intereses en el que las instituciones europeas, nuestros representantes al fin y al cabo, tampoco salen bien paradas. El egoísmo y la codicia pautan las reglas del juego tal y como se explica en este excelente artículo que nos hace pensar lo fácil que es ser manipulados, una vez más, como ciudadanos necesitados de un culpable fácil.

La foto que ilustra estas líneas es una montaña de nieve sucia. Una de las muchas que surgieron por la ciudad, cuando después de días de demandas desatendidas, de picos y palas vecinales, sentimos el motor de las máquinas. Llegaron para apilar el hielo, a juntar en feos montones toda la belleza perdida, lo que la nieve tuvo de magia y accidente.

Estuvimos durante días pendientes de ese rumor de motores. Porque el silencio de la nieve, dio paso a la algarabía de los juegos; los golpes del precario instrumental contra el hielo, dejaron lugar al silencio ante el miedo a las caídas; y en ese nuevo peligro, empezamos a agudizar el oído. A la espera de los camiones que debían recoger la basura, de las máquinas que podían devolvernos la pequeñez de ser peatón sólo con mascarilla. Sin bastones ni muletas, sin el palo de la escoba ni los paraguas cerrados, todos ellos al servicio de un apoyo precario frente al hielo.

Las calles se poblaron de montoneras de hielo y nieve mientras se agotaban el yeso de las consultas de traumatología y los bancos de sangre para cirugías de urgencia. Tampoco supimos anticipar ese batacazo. Me pregunto si seremos capaces de anticipar alguno de los que se van fraguando, más o menos veladamente, ante nuestras poco perspicaces narices. Tal vez sean las mascarillas las que nos han restado también ese olfato que nos permitía anticipar ciertas amenazas.

Mientras esos montones de agua helada se han derretido nos quedan otros: amasijos de ramas, hojas y troncos que también esperan su camión. Ahora suena, más o menos cerca, el sonido de las motosierras. En ciertos puntos se van apilando los que ya eran brotes tempranos, las promesas de una primavera maldecida. El paisaje tiene algo de postbélico. Como si la inocente guerra de bolas de nieve hubiera dejado un resultado exagerado en este rastro de destrucción que nos acompañará durante semanas.

La victoria vecinal fue hacer practicables algunos cruces, las aceras, nuestros portales… pero más allá de esos pequeños rincones de paso cotidiano queda mucha ciudad y una dolorosa mole de incertidumbre y dolor, de vidas que se están rompiendo. Al margen de esos sacos de arena y sal municipal que no llegamos a ver, buscamos y volcamos sal en defensa propia, la sal gorda y la sal fina que pudimos encontrar en las baldas aturdidas de los supermercados. Reconozco que salpiqué de sal cuanto limpié de hielo, y que lo hice con el temor de esa superstición que vincula la sal derramada con las lágrimas futuras. Confié en que, por una vez, no se cumpliera la maldición de la sal. Que esa sal que nos protegía contra el resbalón y el golpe fuera benéfica. Pero parece que mi oración no tuvo resultado.

Las cifras de contagios, enfermos y fallecidos crecen trayendo nuevas lágrimas, y las vacunas y las ayudas para sobrevivir escasean como esos minerales básicos sobre los que el ser humano ha construido una civilización tras otra. Lo bueno sería aprender de la historia y corregir el rumbo del futuro. En lugar de dominar los puntos de acceso a las nuevas salinas y amasar nuevas fortunas millonarias, colaborar para disponer y distribuir la dosis justa y necesaria para el bien común. Pero eso supondría volver a tener esperanza. Y como algunos otros productos que se han hecho protagonistas en estos tiempos confusos, anda escasa. Supimos resolver la carencia de papel higiénico, de alcohol y mascarillas, de guantes, de harina y macarrones, de pan y verduras… pero va a ser mucho más difícil avanzar en cada nuevo amanecer si nos falta la esperanza que entre unos y otros nos están hurtando.

Entre la nieve y la lluvia

El pasado fin de semana salí del barrio y paseé por el centro de Madrid. Ocho días desde el fin de la nevada, y la ciudad presentaba un aspecto desolador de árboles caídos, aceras intransitables y basura amontonada. Quedaban rincones donde resistía la belleza de la nieve pero era difícil disfrutarla con la certeza de tanto árbol muerto y por morir, tanto riesgo de caída, tantas personas retenidas en sus domicilios ante unas aceras y unas calzadas que son una ruleta rusa.

Frente al paisaje de la calamidad, me refugié en los buenos vecinos que, conscientes del abandono institucional, nos arremangamos para hacer algo. Cada uno en la medida de sus fuerzas y su tiempo, de sus herramientas al alcance. Ellos son, nosotros somos, la esperanza que me alienta tras recorrer una ciudad herida y a la deriva, a pesar de la falta de mar.

Antes y después de la gran nevada, el pronóstico meteorológico ha sido y es protagonista. Dijeron nieve y hielo, y se ha cumplido. También han dicho lluvia. En las últimas horas, han avisado de que mañana, miércoles 20 de enero, vendrán lluvias y viento fuertes. A ver si alguien se lo ha contado a quienes tienen que tomar decisiones. De paso, que les expliquen que las alcantarillas están tapadas de nieve, hielo, ramas y basura. A ver si alguien adivina la que puede liar el agua. La que caiga del cielo se sumará al deshielo, a ese rastro turbio y abandonado que es un espejo hostil. Que alguien les explique también cuántas ramas partidas penden de un hilo de madera. Ojalá no tengamos, de nuevo, que sentir el bochorno y la derrota de una ciudad castigada por pésimos gestores. Ojalá los madrileños no tengamos, nuevamente, que pedir perdón a estas calles donde fuimos felices y no nos reconocemos.

En la víspera de la lluvia

Dicen que ayer era “blue monday”, el día más triste del año. La fecha es un mero reclamo comercial, pero he de reconocer que me salió un día bien triste. Un día de derrotas íntimas y fracasos personales, un día para repensar la vida. A mí los días malos me suelen dejar la resaca de un mal vino bebido a solas. Por eso hoy, arrastro aún cierta tristeza. He bajado a la calle y no he patinado. Algo es algo. Pero toda la suciedad y la barbarie me han vuelto a golpear en los ojos.

Al subir a casa, he pensado en la lluvia. En la lluvia prevista para mañana. Casi sin quererlo, me parece que me ha salido una plegaria.

Sólo nos cabe confiar en la lluvia.

Ojalá el agua sepa llover mañana, sepa arrastrar el hielo de forma dócil, sepa esquivar los obstáculos de las alcantarillas, sepa devolver las líneas blancas tan gastadas del paso de cebra de la esquina.

Si mañana la lluvia se equivoca, le echarán la culpa a ella.

Yo quiero creer en la lluvia.

Necesitamos un agua sanadora que cure las calzadas y las aceras de cada barrio, que disipe la suciedad de tanto gris pastoso, espanto de la nieve. Un agua sanadora que nos bendiga y nos permita volver a creer en una ciudad habitable e incluso bella.

Quiero creer que el agua de mañana será nuestra aliada porque estoy agotada de tantas pesadillas.

Si mañana nos falla el agua, sólo nos quedarán las lágrimas.

Días de nieve

Nieva sobre Madrid. Nevará tres días seguidos y es noticia. Esperábamos la nieve, la previsión era clara y fue repetida hasta el hartazgo. Aún así, la nieve nos sorprende. Tres días de nieve sobre las aceras, sobre los coches aparcados y los parques, sobre los contenedores de basura y las marquesinas de los autobuses. Tres días de una cantidad de nieve inusitada sobre la capital. Escribo estas líneas mientras va cuajando sobre todas las superficies, donde dará paso al hielo y al peligro. Progresivamente, será difícil avanzar por las aceras e incluso por la calzada.

Vemos la nieve desde el cobijo de un techo y su calor. Y pensamos en ese refrán, “año de nieves, año de bienes”. Seguimos queriendo mantener la esperanza, a pesar de que se nos ha resquebrajado entre las manos en los primeros días de enero. También sabemos que cada refrán tiene su lado oscuro, su contrapropuesta, aunque esta vez no nos viene a la cabeza y no queremos buscarlo. Por eso, no sabemos cómo interpretar esta nieve, tan blanca.

Nieva en el exterior pero se nos mete en casa porque las habitaciones tienen un blanco extraño, una luz refulgente que viene de afuera. Es una luz distinta a la habitual. La luz de las habitaciones tiene un reflejo de plata, el de ese cielo pálido que se confunde con las tejas blanqueadas.

El tiempo se detiene. Son días raros. Es fácil quedarse, igual que la nieve, suspendido mientras cae. Suave y agitada, pacífica y belicosa, por momentos. A pesar de la fuerza de algunos instantes en los que la tormenta arrecia, la nieve transmite paz. Va generando un manto blanco, un manto que desde mi ventana es una invitación de belleza.

Fénix mira la nieve y de vez en cuando hace el ademán de querer atrapar los copos que ve. Contemplo las cabriolas de un perro que la disfruta en el pequeño jardín que hay frente a mi edificio. Yo quisiera tener la determinación de Fénix y la alegría de ese perro, brincar la nieve como si fuera un juego. Ser cómplice de la diversión imprevista y fugaz.

Pero sabemos que hay gente muy cerca que no tiene luz, que hay gente cerca y lejos que no podrá pagar el recibo de la luz. Sabemos tantas cosas que la nieve, a duras penas puede ser la nieve de la infancia. Y a pesar de todo, la nieve es un imán y parece haber llegado para ejercer cierto alivio. Contemplarla nos cura un poco, como si su manto suave diera una pausa sobre nuestro corazón cansado, como si su dulce caída fuera un bálsamo para el dolor.

Me quedo durante las horas muertas mirando caer la nieve, mirando nevar. Voy de una ventana a otra constatando su avance. Cada vez que me asomo hay más blanco. Hay huellas de quienes se atrevieron a dar los primeros pasos sobre las zonas donde ha cuajado. En la terraza del bar de abajo la nieve se ha sentado sobre las sillas metálicas cubiertas de blanco a esperar que alguien traiga un café.

Nieva y queremos pensar en año de bienes.

Antecedentes y consecuencias

Escribí el texto anterior en la tarde noche del viernes. Durante el día había empezado la nevada copiosa. Nunca me gusta publicar un texto sin darle reposo, salvo que alguna urgencia cambie los hábitos. Había escrito, con toda la intención, un texto de nieve y esperanza. Me acosté sabiendo que envejecería rápido. Que el sábado sería difícil no hablar de víctimas mortales y miles de afectados. Aún así, dejé reposar las palabras como si pudieran dormir sobre el alféizar de mis ventanas.

Y a las dos de la madrugada, se fue la electricidad de mi zona. Varios bloques quedaron sin luz. Las calderas de la calefacción se pararon y los pies empezaron a enfriarse incluso dentro de la cama. Las horas avanzaban y se iban esfumando las opciones de una ducha matinal y un desayuno que entonaran el cuerpo.

Pensé en quienes escribí anoche. En los que se ven privados de electricidad. De pronto, mi vecindario y yo misma éramos ellos. En la comodidad de nuestros hogares, la mayoría no disponemos de las estufas de butano ni los infernillos que están usando desde hace tres meses en la Cañada Real, pero nosotros podíamos confiar en unos muros un poco más firmes y en que el suministro tardaría solo unas horas en volver. Al final, han sido quince horas y se han hecho muy largas. Han mostrado por qué los servicios esenciales reciben ese nombre y que no son negociables ni aplazables.

La temperatura iba bajando en casa mientras yo no podía hacer seguimiento de la avería: mi teléfono se había quedado sin batería y la tablet no encontraba la red de un wifi apagado. Las horas iban pasando y que anocheciera empezaba a convertirse en amenaza. Afortunadamente, a media tarde ha vuelto la luz. Me he hecho una infusión y la he llenado de miel y jengibre. El termostato se ha empezado a recuperarse (de los 14º grados que marcaba ya va por 18º), y he puesto a cargar todos los dispositivos que me conectan con el mundo.

Por si acaso, este texto no va a esperar a mañana. Igual que no he esperado para dar las gracias a mi vecina, que me preparó un café con leche y me calentó la comida en su cocina de gas. Ese ha sido el calor de la jornada, junto a los mensajes de ánimo y preocupación, el apoyo desde un lejos que era cerca.

Ayer quise escribir un texto de nieve y esperanza, y hoy me mantengo en el propósito. Por eso no cito a los responsables políticos ni a la compañía eléctrica. Para que nada ni nadie manchen la nieve, y lo que alberga de infancia y belleza.

Guadalupe Grande: la muerte incomprensible

Aún estábamos tocando la posibilidad de la esperanza, inaugurando el año nuevo, cuando en la noche del 2 de enero llegaba la terrible y sorpresiva noticia de la muerte de Guadalupe Grande. Los mensajes se sucedían entre la tristeza y la conmoción. Sigo sin creer que no volveré a verla. Sigo sin asimilar que ya no está y tal vez escribirlo sea una forma de entenderlo, y también de hacerle mi pequeño homenaje como un acto de gratitud por todo lo que me enseñó y compartimos.

Coincidí con Guadalupe Grande muchas veces. Era habitual en lecturas poéticas, recitales, actos culturales y reivindicativos en los que amigos comunes acabaron por presentarnos. Al margen de estos encuentros, que fueron una constante, en otoño de 2012, me apunté al Taller de Creación de Poética que ella comenzó a impartir para el Ateneo Cultural 1º de Mayo de Comisiones Obreras. Y tras aquel primer curso lectivo, hubo cuatro más. Así que fueron cinco años compartiendo poesía y mucho más que poesía, todos los martes excepto festivos y vacaciones.

El taller lleva, llevaba por nombre “Un camaleón en la cocina”. Los tiempos verbales se confunden porque el taller seguía en marcha, ahora en formato on-line por la pandemia, con nuevos compañeros que se iban sumando mientras los antiguos nos dábamos una pausa y nos manteníamos en la lista de correo. Era su forma de decirnos que siempre estábamos invitados a las lecturas y a volver cualquier día, ya fuera para compartir poemas o los vinos que daban continuidad a la cita literaria y poética, esa complicidad que se ensanchaba en horas inolvidables. Todos nos sentíamos a gusto diciendo que éramos “camaleones”, encajando en esa forma de hacer que ella planteó desde el principio. Entender la poesía como una cocina, donde las lecturas son los ingredientes indispensables que aportan lo sustancial y también innovan, en un proceso constante de creación en el que el plato nunca debe ser el mismo; y con la posibilidad de que un elemento sorprendente, el camaleón, por ejemplo, le aportara esa otra cosa que hay en la buena poesía: el lenguaje que sale de lo común, el hallazgo de la metáfora, la imagen que levanta el poema.

Con los años y la confianza de una cita semanal durante tantas tardes, Guadalupe Grande se convirtió en Lupe, como la llamaban sus amigos y familiares. Nos presentaba autores muy diversos, con el propósito de abrir horizontes, y al abordar nuestros textos nunca fue complaciente. No aceptaba un adjetivo de más, una metáfora manida ni los vicios que cada uno traía ya en su escritura. Era siempre exigente y por eso aprendíamos. Pero era también generosa. Nos animaba a seguir, a mejorar. Y no se limitaba a los textos del taller. Cuando De paso por los días era aún un manuscrito, se ofreció a leerlo. Y semanas después nos encontramos en el Café Comercial, donde me animó a publicarlo, aunque no con el título y la estructura que tenía entonces. Recogí sus sugerencias y en las lecturas de presentación siempre agradecí su aportación y su aliento, que contribuyeron, junto al de otros, a que el libro tuviera su forma definitiva.

Más allá de la poesía y lo literario, compartíamos otros intereses. Dentro y fuera del taller nos recomendábamos películas, exposiciones de fotografía, obras de teatro… la cocina se nutría con otras manifestaciones artísticas por las que Guadalupe Grande también se interesaba. De hecho, ella misma trabajaba el collage y el video, entrecruzando disciplinas y lenguajes como se puede ver en su blog Caja de luz.

En esa mezcla heteredoxa de saberes y miradas, estaba seguramente lo que había aprendido desde pequeña, en la casa familiar formada por Félix Grande y Francisca Aguirre, padres de los que se ocupó hasta sus últimas horas y poetas imprescindibles de nuestra historia literaria. En aquel hogar, las puertas siempre estuvieron abiertas para escritores, músicos, pintores… creadores de arte y vida, que vienen a ser vasos comunicantes imprescindibles para sortear la existencia y sus injusticias. Entre esas dos figuras generosas en la amistad y la conversación creció Lupe y, por eso, no es extraño que las redes se hayan llenado estos días de sus poemas y sus trabajos audiovisuales, y sobre todo, de una inmensa muestra de cariño y afecto con la que la recordamos muchísimas personas. A ella, que era una mujer discreta y delicada, le hubiera sorprendido ver hasta qué punto estaba presente y era necesaria. A ella, que nos queda para siempre en su obra (cuatro libros de poemas, artículos y trabajos audiovisuales), la echaremos de menos como persona inteligente y firme en la conversación política, en el encuentro alrededor de la poesía y en el análisis certero de los muchos males que aquejan y duelen a quienes soñamos un país distinto, sobre todo, un país más culto y respetuoso con las personas que han entregado su vida al arte y a la cultura.

Han aparecido ya varios obituarios sobre Guadalupe Grande y seguirán apareciendo. Os dejo a continuación los enlaces a algunos de los que se han publicado: Guadalupe Grande, la derrota innecesaria, de Manuel Rico en El País; el que firman Carmen Ochoa y Antonio Crespo en El Diario, titulado Una llave de niebla en Chamberí (en la muerte de Guadalupe Grande), y Muere la poeta Guadalupe Grande a los 55 años, de Antonio Lucas en El Mundo.

Todos los textos coinciden en destacar su trayectoria vital y literaria. Al margen de los énfasis de cada autor, las palabras duelen ante esta inesperada y temprana muerte. Como me dijo en el tanatorio mientras se velaba el cuerpo de su madre, “la muerte es incomprensible”. Hoy más que nunca esas palabras me resuenan en una herida profundísima. Es la herida por la presencia imposible, las citas y los correos no atendidos, la espera de ese otro día para vernos y llamarnos… Lo que ya no podrá ser.

Feliz 2021: buenos momentos, abrazos y salud

Escribo en este 31 de diciembre mis mejores deseos para el nuevo año, y los comparto anhelando que se cumplan. Ojalá pulsar las teclas de los números que conforman el 2021 fuera suficiente para conjurar todo lo vivido en el año que dejamos atrás. Aunque sabemos que la última campanada y los brindis no aseguran la felicidad, esta nochevieja, como nunca antes y de forma global, necesitamos pensar que es posible. Así, aferrados a lo simbólico, estamos imaginando los meses por venir con la misma ilusión de las cartas infantiles a los reyes magos. En ellas, soñar y pedir era y es posible, y a veces, además, todo o buena parte llega a cumplirse.

Escribo y lo pido: buenos momentos, abrazos reales y mucha salud. Y me gustaría hacer magia y convertir las palabras en gestos físicos y profecías cumplidas. Como todos los años, también hago balance. Reconozco la carga de lágrimas que ha dejado 2020. Cuesta buscarle el lado bueno, pero lo ha tenido, porque seguimos latiendo y nos leemos, porque a pesar de todas sus turbulencias, hemos resistido momentos difíciles en los que nos han faltado hasta el aire de los parques y las caricias. 2020 no ha sido fácil y seguramente por eso, nos ha ofrecido una ruta acelerada por nuevos aprendizajes: sobre nuestra fortaleza y nuestra fragilidad; sobre las personas que nos resultaban imprescindibles, ya fuera en lo íntimo o en lo social; sobre el sentido del tacto y las muestras de afecto; sobre el valor de las sonrisas; sobre el miedo y la incertidumbre; sobre el verdadero sentido de palabras como solidaridad y compromiso; sobre la necesidad de estar en la naturaleza y ampliar el horizonte del paisaje.

Como siempre, junto a estas líneas comparto una fotografía tomada en 2020. Este año es raro también en eso. En el mismo momento de hacerla, allá por el mes de junio, supe que sería mi tarjeta de felicitación. Desde marzo, los niños pintaron arcoíris como símbolos de esperanza. Con la lluvia incesante de algunos días, con las tormentas meteorológicas reales que se sucedían ante mis ventanas, creo que este año he visto más arcoíris que nunca. En cada uno de ellos, al término de chubascos enfurecidos que intentaban desterrar tanta tristeza, quise ver un tiempo nuevo. Este me sorprendió en un parque, rodeada de árboles, y quise creer que tendría poderes mágicos. Ojalá.

En estas horas últimas de 2020, os deseo un 2021 lleno de buenos momentos y buenas noticias; en el que seamos capaces de disfrutar con lo que nos rodea, buscando la luz y la calma que tanto reconfortan después de cada tormenta. La precaución, la confianza y la experiencia deberían hacernos más sabios para apreciar lo fundamental y afrontar así el tiempo por venir. Y todo ello, rodeados de afecto y cariño, con mi abrazo, con todos los abrazos posibles. ¡Feliz 2021!

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