Fin de ciclo

Dejamos atrás una primavera apenas vista. Tras meses de encierro, hemos ido saliendo a hurtadillas. Los nísperos y los albaquicoques habían llegado a las fruterías, mientras en las tiendas de moda la ropa de abrigo evocaba un tiempo suspendido. Nos hemos perdido la floración de almendros y cerezos, y al recuperar el paisaje, los parques y los márgenes de nuestras calles eran un espectáculo de margaritas y amapolas rodeadas del desorden y la belleza de otras flores silvestres.

Semana a semana hemos ido recibiendo prórrogas del estado de alarma. Así, obedientes y endurecidos frente a palabras que a pesar de su significado se han hecho rutina, hemos comenzado el verano, que coincide con ese término de ‘la nueva normalidad’, a pesar de que también la normalidad ha sido pulverizada y asumimos vivir en un oxímoron.

Aunque durante este tiempo no hemos podido escalar más que las horas agotadoras de intensas jornadas laborales, huérfanas de afecto y válvulas de escape, pero repletas de incomprensión y sobrecarga, nos explicaron que el alivio sería progresivo recorriendo las cuatro fases de la desescalada.

La historia de Madrid es sobrada y tristemente conocida. Con miles de muertes, sus residencias a la deriva, sus UCIS colapsadas, sus sanitarios dejándose la vida y una gestión política al más puro estilo de Donald Trump, basada en la mentira y el circo mediático, a golpe de foto y de tuit, tapando hechos que deberán ser juzgados.

Como no podíamos pasar de la fase cero a la uno, nos inventaron la cero y medio. Y ahora, que no hemos recorrido el itinerario cabal de los números tres y cuatro, vamos a saltar desde la fase dos a la nueva normalidad, todavía con centros de salud cerrados o muy mermados en sus plantillas.

Madrid nos mata, pero resistimos

Allá va la Comunidad de Madrid, con un gobierno roto que ha ido de desfase en desfase y una ciudadanía dividida entre la prudencia, la vida y la necesidad. Allá va la ciudad de Madrid, que con el mismo nombre que la comunidad no es ni de lejos lo mismo. Ese topónimo común confunde. La comunidad es más grande, es rural y metropolitana, es un enjambre de ciudades y de pueblos aislados, un territorio sumamente desigual. La ciudad, a su manera, es también enorme, y está acostumbrada a la brega, a la dureza y también al disfrute que permite compensar tanta exigencia. Las horas de metro, las jornadas interminables, los horarios liberados que convierten en precariado a tantas y tantas personas, los precios desorbitados de la vivienda, la carestía frente a otras regiones en la cesta de la compra o el transporte… Sí, Madrid sigue matando; y dando vida.

Madrid es un espacio de resistencia, siempre lo ha sido. Basta recorrer su historia: guerras y algaradas comenzaron y acabaron aquí, también revoluciones y graves atentados terroristas. Y a pesar de todo, Madrid resiste, sobre todo, gracias a su gente, venida de todas partes, primero de España y luego del mundo, con ganas de prosperar. Esa energía la ha convertido en una ciudad única y portentosa, muchas veces invivible; sobre todo, cuando no existe la promesa de poder escaparse de ella cada cierto tiempo. Por eso, los que vivimos en Madrid somos gente que mira el calendario. Hasta marzo de este año, los más afortunados, aprovechando un puente, un festivo o una pausa escolar, huíamos en tropel en operaciones salida que nos prometían cambiar de aires y respirar mejor.

A partir del 21 de junio, con el fin del estado de alarma, parece que aquella vieja rutina podrá ser posible de nuevo. En estas semanas de soledad y silencio, en las colas de las tiendas he hablado con muchos desconocidos. Los más mayores, añoraban poderse ir al pueblo, cultivar el pequeño huerto, sentir el pálpito de la tierra que brota y aún es su conexión con la vida. Los trabajadores en activo empezaban a sentir la falta de aire, extrañaban las pausas vacacionales, la maleta y el vivir en otro lado, donde es posible caminar y pensar más lentamente.

Ahora parece que en algunos sitios no seremos bienvenidos. Lo fuimos antes de este virus, cuando dejábamos los ahorros de un trimestre o de todo un año y parecíamos triunfadores en localidades donde llenábamos bares, terrazas, hoteles y playas. Pocos se daban cuenta de que en el fondo éramos unos pobres diablos, en ocasiones compensando la vida de demasiadas semanas laborales sumidas en la náusea.

Puede que ahora ese dinero no valga nada. Que valga más el miedo. Que no nos quieran ni ver. Aunque yo creo que ese rollo de la ‘madrileñofobia’ tiene mucho de invento mediático. Insiste en la tendencia, incrementada por esta pandemia, de seguir destruyendo el lenguaje, inventando lo que no existe para que nuestras vidas sean más raquíticas. En el fondo dará igual. Todos los de aquí, nacidos o residentes, tenemos familiares y amigos en otras provincias y países, y sabemos que sus brazos están dispuestos a acogernos. Con prudencia y respeto, por supuesto. Encontraremos el rincón que nos dé cobijo, el árbol que nos reciba y nos preste su rumor natural para compensar tanto daño. En estos momentos, además, necesito creerlo.

Aire, aire, aire

Yo aún no sé si podré irme, a dónde ni por cuánto tiempo. Los planes quedaron en un extraño limbo cuando el calendario se volvió enteramente lunes. Las novedades me han pillado con la agenda en blanco y el cuerpo fatigado.

Lo que sí he descubierto, con más fuerza en las últimas semanas, es que tengo que dejar de hablar y de escribir sobre la covid-19. Hay otras palabras demandando su espacio entre la garganta y los dedos; otros paisajes, también mentales, que me urgen al cambio de fase.

Sé que el virus está entre nosotros. Sigue contagiando y matando. Pero voy a intentar tomarme unas vacaciones de su campo semántico y de todas las derivadas que ha acarreado y a día de hoy impone.

Con esta entrada, cierro una etapa de escritura sobrevenida, porque yo no elegí el tema. Voy a intentar airearme, en todos los sentidos. Os deseo lo mismo, aire para aliviar las penas del cuerpo y del alma, aire para que esa renovación nos cure de tanto. Buen verano y buena suerte.

Madrid, fase 1: entre la tormenta y la esperanza

Había ganas de pasar de fase aunque el temor de muchos era que lo hacíamos a tientas, que las urgencias económicas no cuadraban con los indicadores sanitarios, que los centros de atención primaria seguían en cuadro, tan destartalados como si por ellos hubiera pasado una guerra y también estuvieran en una incierta tarea de reconstrucción.

El primer día de la fase 1, el lunes 25 de mayo, antes de la hora del paseo, bajé a hacer unas compras y me topé con varias unidades del SAMUR y la Policía. A cierta distancia, no faltaba un grupo extenso de mirones. Debía de haber ocurrido algo muy grave porque el dispositivo ocupaba dos calles, pero pasé de largo sin atreverme a girar la cabeza, preguntándome si aquellos que observaban no habían tenido, hasta ese momento, bastante muerte a la que mirar.

Avancé con prisa. El cielo estaba cargado con la pesadez gris oscura de nubes de tormenta que finalmente rompieron con fiereza. Hechas mis compras, tuve que esperar a que escampara para volver a casa. Lo hice bajo un pasadizo al que llegaba la lluvia, que sentí con alegría sobre el rostro a pesar de la mascarilla. Mientras tanto, a lo lejos, seguía aquel despliegue de policías y sanitarios manteniendo el pulso de nuevo.

La tormenta y el accidente me resultaban avisos de alerta. Las nubes negras, la lluvia torrencial, la muerte que acecha en la esquina parecían reclamar prudencia. Pero al volver a casa pude contemplar un arco iris, el mismo que apareció en uno de los peores momentos de la pandemia sobre Madrid, y lo quise entender como un guiño de esperanza.

A pesar de los temores, la calle era otra

Uno de los alivios del cambio de fase fue acceder a los grandes parques de Madrid. Llegar hasta Madrid Río, por fin sin cintas plásticas prohibiendo el paso, y recorrer La Casa de Campo, donde los amplios espacios y el tamaño de los árboles permiten soñar con otros paisajes y una naturaleza menos domesticada.

Las terrazas estaban repletas. El ruido volvía a ser el habitual a pesar de las distancias entre las mesas, a pesar de los carteles que recordaban que era mejor no abrazarse ni estrechar las manos. El trajín de los camareros hacía sentir que la ciudad comenzaba a recuperar el pulso después de haber estado, de alguna forma, en un coma generalizado e inducido.

Cada comercio que ha levantado el cierre ha sido otro pasito hacia la alegría. Han vuelto a estar detrás del mostrador en la ferretería, la mercería, la pequeña tienda de moda…, y con su llegada, resurge la esperanza de salir adelante de nuevo, todos a una. A mí me han dado ganas de entrar a todos y cada uno de los comercios. Abrazarles, aunque no se pudiera. Así que he ido a darles la bienvenida, a comprar algo aunque no me hiciera demasiada falta.

Y saliendo del barrio, también he llegado hasta una de las librerías de las que son casa y refugio. Enclave de Libros esperaba con gel y mascarillas, y la misma complicidad de siempre. Tocaba desquitarse de los meses robados, el día del libro que no fue, el inicio de una feria del libro que se retrasa hasta octubre. Arrimar el hombro y mover la caja decaída por la ausencia de palabras vivas.

A pesar de la alegría, la tristeza sigue latiendo

Las terrazas y los grupos de personas que se reencuentran ofrecen un mensaje de ánimo que resulta imprescindible. Porque además de robarnos el mes de abril, como decía aquella canción de Joaquín Sabina, el virus nos ha robado nuestra ciudad tal y como la conocíamos.

Los bares y restaurantes que no pueden sacar mesas fuera, esas barras que siempre animó el bullicio permanecen en silencio. Desde la entrada, tutelada por banquetas o mamparas, nos avisan de que han vuelto a la cocina, que puedes pedir y recoger la comida o que te la llevan ellos. Son los bares de toda la vida, los que no recurren a abusadoras plataformas de reparto a domicilio y en un folio pegado sobre el cristal, ofrecen un número para recibir pedidos por wasap. Se les nota a la legua que están con el agua al cuello y echan de menos a cientos de trabajadores: los del café rápido a primera hora, los grupos de compañeros a media mañana, los menús de mediodía con patatas fritas o ensalada.

El metro está lleno de carteles que recuerdan el peligro y el uso obligatorio de la mascarilla. Un gesto tan habitual como adelantar a alguien en la escalera mecánica resulta imprudente porque impide mantener la distancia de seguridad. La megafonía insiste en no acercarse, usar los ascensores de uno en uno, ayudar a personas con discapacidad visual para que no se aproximen demasiado a otros. Es un metro sobrecargado de señalética que ahonda la desazón de los viajeros.

Muchas tiendas ofrecen gel hidroalcohólico en la entrada. Su ayuda para limpiarnos una y otra vez es reconocer la amenaza de gestos cotidianos: buscar la etiquetar en una blusa, mirar los ingredientes de una lata nueva para Fénix, elegir chocolate en una tienda de comercio justo… Tocar es peligroso. Pero nos cuesta asimilarlo porque el tacto nos hace más humanos y, como el resto de sentidos, nos permite conocer lo que nos rodea.

Madrid sigue a medio gas, extrañamente llena y vacía al mismo tiempo. Hay más gente en la calle, pero la mascarilla nos impide atisbar una sonrisa o un gesto amable. El miedo se ha convertido en un vecino nuevo que ha venido a quedarse, aunque no a todos nos afecta su presencia por igual.

Entre tanto, cada vez se hace más insoslayable la necesidad de muchas personas que han visto temblar sus vidas al desaparecer sus ingresos. Durante las semanas de confinamiento, desde mi ventana he visto una de las muchas colas del hambre que han surgido en Madrid: personas que, separadas por un metro, avanzaban durante toda la mañana hasta llegar a la puerta de la Asociación de Vecinos Alto de Extremadura. También me he cruzado con quienes esperaban que se abriera el local de la Red de Solidaridad Popular de Latina y Carabanchel. Y en los comercios del barrio, han proliferado los carteles que piden alimentos mientras otros acaban de colgar el anuncio de liquidación por cierre. Se suman a los que ya lo hicieron una vez pasaron las últimas navidades, aquellas en las que brindamos por un año que se antojaba redondo y se ha convertido en un interrogante lleno de aristas.

El 8 de junio, en Madrid, pasamos a la fase 2 con las mismas dudas del paso anterior. Ese día tocará también ir al centro de salud a reconocer el trabajo de los sanitarios, manteniendo la distancia y el aplauso, recordando que si no hay medios para ellos no hay medios para los ciudadanos. Seguro que vuelve a ser una concentración emocionante, como las anteriores. Donde la gente se sumaba desde la acera próxima y desde el otro lado del paseo, desde la mediana, y nuestro aplauso resonaba con el apoyo del claxon de taxis y autobuses que se sumaban al grito de “sanitarios necesarios”.

Cada uno, en función de sus circunstancias, ha sobrellevado como ha podido las consecuencias de la pandemia, la muerte o la enfermedad de personas más o menos próximas, el confinamiento, la pérdida o la sobrecarga de trabajo… Ahora nos toca lidiar con la incertidumbre de los próximos días llevando una mochila de heridas y esperanza. Ojalá no olvidemos meter una buena dosis de solidaridad y fraternidad.

Del silencioso confinamiento al griterío de la desescalada

Cuando comencé este blog, quería, en parte, rescatar esa columna de opinión con la que soñaba cuando escribía en la revista del colegio y aspiraba a ser escritora o columnista y todo era posible. Abrir el blog, ya lo dije en su día, era un forma de reencontrar mis deseos y quizás de volver a pelear alguna batalla que había dado por perdida. Pero cuando apenas había trazado un plan de escritura, llegó el coronavirus y tomó nuestras vidas por asalto. Convertido en monotema, lo invadió todo y colonizó nuestras mentes. Y ha habido muchos días de estar cansada para pensar y escribir más de lo mismo.

La pandemia de la Covid-19 nos obligó a meternos en casa, hizo de nuestro hogar nuestro lugar de trabajo, confundiendo nuestras paredes diarias; nuestra ventana para imaginar y contemplar atardeceres fue la de los aplausos y la búsqueda de un consuelo imposible; las calles se llenaron de silencio y las palabras quedaron condenadas a vivir entre dispositivos electrónicos donde les faltaba toda la piel de la caricia y el abrazo que tanto necesitábamos.

A medida que avanzaron las semanas, las cifras y el miedo se fueron adueñando del día a día. Esperábamos los datos oficiales como quien espera noticias en una sala desolada junto al pasillo de paliativos. Conociendo o no el nombre o el rostro de las personas que estaban en las UCIS, conociendo más o menos de cerca los casos y la evolución de personas infectadas, conociendo el mayúsculo reto de los hospitales… todos estábamos en esa espera que vivimos durante semanas en un abatimiento comunitario. Fueron días de lágrimas privadas e íntimas. Llorábamos por la impotencia y el agotamiento de los sanitarios, por sus muertes; llorábamos por los tanatorios desbordados y las morgues improvisadas, por la prohibición de unas despedidas humanas y fraternas; llorábamos por el abandono de los ancianos que morían solos y sin cuidados; llorábamos por la necesidad y las colas del hambre que empezaban a recorrer los barrios de forma tan sigilosa y callada como surgían las redes de ayuda mutua.

Quizás haya que recordarlo ahora, cuando las cifras de fallecidos se sitúan en torno al medio centenar, hubo días en los que rozamos el millar. Y también llegó ese día en el que el recuento a la baja comenzó a ser tendencia y se hizo real aquella frase horrenda de “doblegar la curva”.

“Menos que ayer, menos que ayer”: repetíamos en un rezo secreto.

Lo malo es que a medida que las cifras nos empezaban a dar esperanza y se abrían algunas grietas de un confinamiento estricto, con los paseos infantiles y las pequeñas caminatas sin bolsa de la compra, comenzó a romperse el silencio. Y lo hizo de la peor manera posible: con insultos o malos modos, con acusaciones falsas e irresponsables, con el juego sucio político llevado al extremo del bochorno y la vergüenza ajena, con la dimisión de personal técnico que no estaba dispuesto a firmar contra su conciencia. Si durante los días más duros en la evolución de la pandemia en España, algunos dudamos de los mensajes esperanzados que apelaban a que esta crisis nos haría mejores, la confirmación de nuestros temores era atronadora a través de los medios de comunicación.

El calendario avanza y cada día veo menos la televisión y mantengo menos tiempo la radio encendida, no soporto ese repugnante juego dialéctico sin un ápice de ética; leo algunos titulares de prensa por mantener un pie en el mundo, pero me tomo muy en serio la distancia necesaria para protegerme del daño. Y en las redes sociales, constato también la división y el odio. Por eso, las pocas veces que he querido dejar un comentario medido y moderado o he compartido alguna iniciativa que me parecía adecuada, me ha pasado lo que no me había ocurrido hasta ahora, que he recibido un comentario que se parecía mucho más a un escupitajo que a un argumento.

Deberíamos recordar que escupir está muy feo.

Los que tenemos cierta edad vimos carteles que prohibían escupir en los remotos autobuses que iban a la periferia. Mis ojos infantiles los miraban sorprendidos, porque yo no entendía por qué había que escupir en un autobús ni en ningún sitio. Ahora que sabemos tanto de la carga vírica de gotas y microgotas de saliva deberíamos restringir al máximo la palabra convertida en esputo que se extiende en ámbitos políticos ante el estupor de buena parte de los ciudadanos.

Por un momento, he llegado a agradecer que los bares estuvieran cerrados y que se hayan evitado broncas de barra que podían haber acabado mucho peor que las de aquellos lunes, ¿os acordáis?, tras un partido de fútbol de rivalidad máxima y polémica absurda.

La diferencia entre aquellos rifirrafes y los de hoy es que ahora, sí, nos va la vida en ello. La vida de todos. Y que no podremos salir de esta crisis sanitaria, con sus derivadas sociales, económicas, educativas y políticas, desde el enfrentamiento, la mala gestión y la mala baba. Necesitamos profesionales y buen criterio, anteponer el interés colectivo al individual y en ese sentido, me gustaría expresar toda mi admiración por Fernando Simón, que me parece la persona que desde el principio y al límite de sus fuerzas, ha mantenido el pulso de esta crisis echándose a sus espaldas mucho más de lo que se le podía exigir. A diferencia de otros, Simón se ha dado cuenta de que tenía que dar lo mejor de sí, y lo ha hecho. Ha trabajado, ha pasado la enfermedad, ha seguido coordinando a su equipo del que no ha dado nombres para proteger su independencia. Lo que me pareció mal al principio, un gesto oscurantista, ahora me parece un acto de extrema generosidad. Por eso confío en que esas querellas que le están presentado acaben en el cubo de la basura.

Llevamos mucho tiempo en casa y mucho dolor acumulado. Hemos consumido muchas horas de información que incluían tanto mensajes de odio como de esperanza, momentos de justicia y solidaridad junto a insidias y malas prácticas, todo ello sumado a grandes dosis de propaganda política, de muy diversa índole, que a todas luces sobraba en el menú del confinamiento.

Como ciudadanos, estamos haciendo una digestión más que pesada.

Personalmente, sé que aún no toca salir a la calle en masa. Sé que, si no se puede garantizar la distancia de dos metros, toca usar mascarilla aunque la odie y su uso solo me permita una respiración de aire limitado y turbio. Sé que debo ser corresponsable con el esfuerzo sanitario, con los fallecidos y los vulnerables. Acato las leyes y no por eso dejo de pensar. Leo, reflexiono y hablo con la gente que distingue entre palabra y escupitajo.

Sé que volveremos a las calles bajo una gran sábana blanca, en señal de paz y en defensa de la sanidad pública, y que me tendrán enfrente todos los que han hecho dejación de funciones y han actuado de mala fe para sacar un puñado de votos a costa del odio y otros instintos primarios. No habrá olvido para los fallecidos ni perdón para los irresponsables.

Cumpleaños confinado

El pasado jueves se celebraba el día del libro y yo cumplía un año más. Por ambos motivos, para mí siempre ha sido y es una fecha marcada con un círculo rojo sobre el calendario, día festivo aunque no sea domingo. A pesar de que desde hace más de cuatro semanas todos los días nos resultan similares en lo personal y colectivo, a medida que se acercaba la fecha, no obstante el confinamiento o precisamente por él, yo no quería pasar de largo por este cumple que empezaba a hacerse nudo en la garganta.

Unos días antes, al bajar a la compra, me había permitido algunos caprichos casi infantiles: patatas fritas y aceitunas, almendras y una porción individual de una tarta de queso. Olvidé las velas para pedir deseos, pero encontré los números de otros cumpleaños celebrados en casa: un 4 y un 6 que, si se daba la vuelta a costa de no encenderse, se convertía en 9.

En la tarde previa, un grupo de amigos reunido para otro propósito me cantaba el cumpleaños feliz por video llamada y en los primeros minutos del 23 de abril empezaron a llegar mensajes. Apagué la luz de la mesilla con una sonrisa. Al despertar no había rastro del dinosaurio, pero las felicitaciones se habían ido multiplicando y a medida que avanzaron las horas, su goteo se volvía un chaparrón de amor y cariño.

Con todas las palabras, las voces y los iconos fui construyendo un dique contra las sombras. Era un cumpleaños muy distinto, confinado y raro, sin más presencia real que la de Fénix ni otra caricia posible que su suave pelaje, pero repleto de emoción y con la certeza de saberme querida. ¿Qué mejor regalo?

Y aún así llegaron dos timbrazos al telefonillo, dos llamadas a destiempo cuando ya creía que mis sospechas o ciertas insinuaciones habían sido fruto de mi imaginación… Fénix estaba más excitado e intrigado que yo. Demasiados días sin visitas ni buzoneo publicitario, demasiado tiempo sin husmear zapatos que traigan el rumor de la calle. Fue una batalla lograr que se quedara dentro de casa. Seguí las instrucciones: salí al descansillo de la escalera y abrí la puerta del ascensor, donde en solitario viajaba una preciosa orquídea cuyas flores mira curioso sin atreverse a rozarlas. ¡Menos mal!

Me acosté agotada y feliz, con llamadas y mensajes pendientes de respuesta, confiando en poder atenderlos aprovechando el fin de semana. Antes de cerrar los ojos echaba cuentas… no recordaba cuál había sido el cumpleaños en el que no había estrenado libro, y me consolé pensando en todos los que aún aguardan su momento de lectura, y también en la lista secreta que voy haciendo para cuando reabran mis queridas librerías y pueda romper la hucha que he ido haciendo para ese día de reencuentro feliz con libros nuevos.

El viernes, contra pronóstico, volvió a sonar el timbre. Al otro lado del telefonillo mi nombre y apellidos, y la petición de que bajara a la calle a recoger un envío. Esta vez no hizo falta ascensor. Volé escaleras abajo y me encontré dos ojos muy oscuros, una boca tapada con mascarilla que me pedía el número de mi carnet de identidad y unos guantes azules que entregaban un paquete. Ahí estaba el libro de este cumpleaños anómalo que latía entre dos capas de cartón. Entré en casa con la sonrisa de quien ha encontrado el cofre del tesoro. Entre Fénix y yo rasgamos el envoltorio y encontramos no sólo una novela con una pinta estupenda sino también un doble disco de Aute, su “Entre amigos”, que resonaba como un título mágico y perfecto para este aniversario tan bellamente acompañado a pesar de las circunstancias.

Soy afortunada. Los 49 han caído en estos días nubosos donde están confinados los afectos y los abrazos, pero me tomaré revancha en cuanto sea posible y pondré piel a todas las felicitaciones que hicieron de este cumpleaños uno de los inolvidables. A todos los que me leéis y me escribisteis, a quienes me llamasteis y dejasteis mensaje, a todos los que me habéis acompañado… os quiero dar unas gracias infinitas y profundamente sentidas, porque sé que no sólo estáis cuando el día está señalado en rojo sino también en la grisura de los otros, y que gracias a ese cariño se puede resistir no sólo en los días felices sino en los otros.

El tiempo raro. Cuatro semanas de confinamiento

Desde el 12 de marzo, cuando me despedí de la normalidad que marca la jornada laboral y empecé a teletrabajar, los tiempos siguieron siendo forzados. Mientras las redes se llenaban con opciones para no aburrirse, mis tareas se multiplicaban, ensanchadas por la complejidad de las videoconferencias, las llamadas en paralelo, las decisiones de correos asincrónicos… Por eso, estaba deseando que llegaran estas extrañas vacaciones de Semana Santa.

La pausa vacacional ha traído más horas de descanso. Por fin he podido habitar este tiempo raro que otros comentaban desde hace semanas, donde las horas se suceden sin que tengamos sensación de prisa. Aunque seguramente, comparto con muchos la noción de pérdida, incluida la del tiempo que se escapa entre dimensiones nuevas. En ese imaginario perpetuo en el que deseábamos más tiempo para leer y escribir, estas vacaciones arrojan también un saldo negativo. Pero estos días no son normales y nosotros no somos los mismos. Así que voy aprendiendo a no exigirme demasiado, a consolarme cuando decaen las fuerzas, a gestionar la falta de abrazos acariciando a Fénix que, como todos los gatos domésticos, no entiende qué hago tanto tiempo en casa y aspira a ocuparlo todo.

En este confinamiento, el vínculo social y el afecto está ligado a las máquinas que nos acercan las voces y los cuerpos que extrañamos. Pero esos cacharros no nos pueden abrazar, al igual que las fotos de otras vacaciones y sus paisajes no son consuelo ante la visión de las calles vacías y silenciosas donde a lo sumo vemos a alguien con su perro o la bolsa de la compra. Entre tanto, parece que empieza a haber más mascarillas y cada vez cuesta más ver una boca, aunque tampoco nos importa demasiado porque, en los últimas semanas, hemos aprendido que podían suponer una amenaza. No sabemos quién sonríe tras una mascarilla, ni quien aprieta los labios para restablecer sus fuezas.

También nos han ido llegando malas noticias. Conocidos, antiguos compañeros de trabajo, familiares y amigos de amigos… que se están yendo sin que podamos acompañar a quienes necesitan ser acompañados. Todas las pérdidas de estos días son a la vez distantes e íntimas, quizás por eso perder a Aute nos rompiera aún más por dentro. Escuchar sus canciones llenas de caricia, ternura y afecto, en un tiempo que lo ha prohibido casi todo, era vernos ante el espejo de su voz imposiblemente viva y de ¡ay!, reconocer “qué terriblemente absurdo es estar vivo” sin las experiencias y las personas que nos hacen latir.

Quién nos iba a decir que iba a pesar tanto el silencio. Cómo íbamos a imaginar que conoceríamos a los vecinos de los bloques próximos en una cita de balcones en la que a veces cuesta mantener las lágrimas a raya. Cómo hubiéramos creído que bajar la basura sería una de las pocas opciones para respirar un aire renovado y fresco distinto al de casa.

Todas las respuestas nos conducen a un tiempo extraño que no olvidaremos, un tiempo en el que, salvo programar llamadas y reuniones virtuales, hemos dejado de hacer planes. Se han esfumado varios cumpleaños que no hemos podido celebrar, las entradas de varios espectáculos y la reserva de alguna escapada. Igual que se nos ha ido la Semana Santa sin procesiones ni saetas, tampoco nos atrevemos a perfilar el verano ni el primer día en el que podremos abrazar a las personas que queremos o dar un paseo sin rumbo por el parque más grande y próximo que esté a nuestro alcance. Y en un susurro, como sin querer molestar, nos preguntamos cuándo será posible, mientras las brutales cifras del día a día se empeñan en retrasar una normalidad inalcanzable.

En unas horas habrán concluido las vacaciones. Los libros por leer, los textos por escribir serán historia. Otra oportunidad perdida. Las páginas de mi diario explicarán la falta de inspiración y concentración, lo rara también y esquiva que se ha vuelto la palabra. Mientras asumo que ciertos párrafos y versos serán imposibles, me consuelo con las ramas verdes que han crecido en los árboles que alcanzo a ver desde mi ventana.

Fuera de nuestros tabiques, la primavera avanza agradecida por la lluvia y los bosques se extrañan de nuestra ausencia y quizás la bendigan. Algunos, por primera vez, desean abrazar un árbol y otros, confiamos en ese reencuentro sanador. Estamos echando de menos los abrazos de las personas que queremos tanto como pasear por la naturaleza, entre su sombra y sus flores, en su arrullo de ramas nuevas.

Muchos intuyen que saldremos distintos de esta pandemia. Ojalá lo hagamos siendo más conscientes de lo que nos cura y nos perjudica. Ojalá lleguemos a tiempo a una primavera personal en la que seamos capaces de aprender de otras especies que en la resistencia, la resiliencia, se hacen más fuertes y más bellas.

Celebrar la primavera y la poesía a pesar del coronavirus

Miro el calendario y me recuerda que hoy es 21 de marzo. Estos días de desconcierto tengo que recurrir más de lo habitual a esa cuadricula organizada. El confinamiento forzoso al que nos ha obligado la lucha contra el Covid-19 ha triturado nuestra rutina. Los lunes tienen la misma dimensión del jueves o del resto de días laborables. ¿Qué día es hoy?

Se mantienen y, en mi caso, se amplían las horas de trabajo, convertidas en tiempo a destajo sin café compartido ni charla banal frente al microondas de la oficina. Sin embargo, ha desaparecido todo lo demás: la rutina de caminar, los abrazos de las personas queridas, poder tocar y ver a otros, aplazar ir a algún sitio por cansancio, acudir a mis queridos cines de la calle Martín de los Heros, compartir una caña con el bullicio del bar de fondo, tocar nuevos títulos en las librería que son segunda casa…

Hoy que es sábado podía haber dormido algo más, pero a las 7 de la mañana he abierto los ojos que también se han debido despistar con tantos días de encierro. El calendario me pide que celebre la poesía, ya que ayer pasé de largo ante el inicio de la primavera. Os confieso que estoy abatida y que me cuesta. Que me he puesto a escribir estas líneas como quien afronta un desafío con el que conjurar las lágrimas, la incertidumbre de este tiempo difícil y dolorosamente prorrogable.

Madrid ha amanecido muy gris. Por mis ventanas, que se han hecho cuerpo para acompañar este tiempo de contacto humano restringido, cuesta también encontrar la alegría. El silencio sigue marcando el tono de las calles y quienes pasean a sus perros o hacen cola en la puerta de la farmacia o caminan con las bolsas de la compra, llevan el peso de la lluvia como una carga adicional. Nos hace mucha falta la lluvia, pero hoy da la impresión de que Madrid llora con nosotros. No es la primera vez. Recuerdo aquella manifestación tremenda después de los atentados del 11-M. Acabamos calados hasta los huesos, por dentro y por fuera, manojos de llanto y lluvia.

Igual que entonces, tarde o temprano, esta ciudad que me vio nacer, que amo tanto y a veces odio, renacerá de nuevo, junto a la mayoría de nosotros, con el recuerdo de las pérdidas que conoceremos más o menos cercanas. En medio de este silencio que solo rompen los pájaros también ponemos el miedo en cuarentena. Nos quedamos en casa porque es nuestro deber y porque la calle es un lugar inhóspito donde deambulan seres con mascarilla y ojos asustados que hacen de espejo.

Quería escribir algo más alegre pero no me sale. Quizás porque es el Día de la Poesía y hoy, más que nunca, ella tiene todo el derecho a dictarme las palabras. La poesía es así: sale sola o no sale, te obliga, se impone. Si es de verdad, no se deja llevar por la alegría que no tienes. Pero como es compasiva y siempre fue consuelo, también permite versos abiertos a la esperanza, tan necesaria.

Como os decía, hoy no surgen versos nuevos con los que pueda alentaros, pero puedo volver a mi libro De paso por los días, y buscar un poema de su primavera, donde aleteen los impulsos de la savia que se abre camino incluso en esta horas castigadas. Confío en que tendremos oportunidad de volver a celebrar la caricia y el beso, de compartir poesía en lecturas con público cómplice, de disfrutar la vitalidad de nuestras calles. ¡Salud y poesía, más que nunca!

SORPRESA

La ciudad se sacudió

el frío y la lluvia.

Desterró el gris.

Palabras y brazos

tomaron las acercas.

La ciudad despertó.

De paso por los días. (Bartleby Editores, 2016)

11 de marzo: Homenaje

Desde 2004, el 11 de marzo no ha sido nunca más un día más. Desde entonces es un día orlado de luto en la memoria de muchos, entre los que me cuento.

Aquel día no perdí a nadie directo, a ningún familiar ni ningún conocido por aquel entonces… Pero los años y las circunstancias, el mundo grande que a veces se toca en tres pasos, sí me ha puesto en contacto con personas que no tuvieron esa fortuna. He llorado con ellos. He rozado su dolor sin consuelo. Siguen muy presentes, aunque tal vez ellos no lo sepan. Y hoy, están más que nunca.

Sentí aquel día y los sucesivos una herida difícil de explicar con palabras, un dolor que se renueva de alguna forma en cada aniversario.

Curiosamente, el de este año, con menos boato ceremonial, con menos actos protocolarios ante la crisis del coronavirus, me ha traído muchos recuerdos de aquel día. Porque hoy Madrid, como entonces, también respira y se mueve distinto, aunque por otros motivos.

Igual que en 2004, puro azar, yo he tenido que acudir a una cita médica y he atravesado calles más vacías de lo habitual, menos ruidosas, más latentes y en espera. Avenidas y medios de transporte donde la gente camina gestionando el miedo y la angustia, el no saber qué ocurrirá mañana ni cómo se alterará nuestro amanecer.

Hoy, igual que entonces, somos muy conscientes de nuestra fragilidad, recordamos que somos vulnerables. Y lo que parece obvio se agiganta ante nosotros porque, en lo cotidiano de los días normales, tendemos a olvidar que un instante azaroso puede transformarlo todo y derrumbar la ficción de control que hemos asumido.

El poema de hoy (que no recuerdo cuántos años tiene), se titula HOMENAJE, y está dedicado a las víctimas de aquel 11 de marzo que me sigue dando punzadas. Lo acompaña una fotografía del Bosque del Recuerdo. Curiosamente, la hice en color… pero las nubes y la tristeza de esos árboles la convirtieron en una fotografía tomada en blanco y negro.

Va por ellos, por los que se fueron y los que están con nosotros.

Homenaje

Todo el silencio es el sonido de aquellos días,
pesado y negro como el duelo.

Toda la lluvia es el rastro de las lágrimas,
un mar azul de llanto y palabra suspendida.

Todos los viajes son el camino de su recuerdo,
pasos distantes de quienes quedamos vivos
para llorar por ellos y abrazar su ausencia.

Todos los despertares son la pregunta
del dolor ante el espejo,
la mano que se extiende y vuela,
acariciando el aire.





El coronavirus y el miedo

Recuerdo perfectamente dos conversaciones que mantuve por wasap cuando en enero de 2020 empezaron a llegar noticias de un nuevo virus que estaba causando una epidemia, en principio, en la provincia china de Wuhan.

La primera fue con una amiga que vive en Hong Kong. La pregunté cómo estaba y tras tranquilizarme, me contó que no había forma de encontrar mascarillas, aunque aún no había ningún caso allí. También me confesó que estaba apenada por la ola de racismo en lugar de solidaridad que se estaba generando ante una enfermedad desconocida. Caí en la cuenta de que en ningún momento habíamos colgado en nuestras redes esos mensajes de apoyo incondicional que han generado otras noticias, como los atentados en suelo europeo, el incendio de Notre Dame o los que asolaron la Amazonía o Australia hace unos meses.

A nadie se le escapa que China es un país de libertades restringidas en muchos ámbitos donde el comunismo oficial es solo una fachada para un capitalismo despiadado. Las fábricas que nos abastecen de muchos productos, que consumimos sin mirar etiquetas, incumplen todos los derechos laborales que defendemos en nuestro cínico primer mundo. En medio de esa desafección generalizada, me conmovió descubrir que los habitantes de Wuhan se animaban unos a otros desde sus casas, y me estremeció que aquella soledad rompiera la noche con mensajes de ánimo entre personas retenidas en sus domicilios, amenazados por un virus descontrolado y el control gubernamental.

La segunda conversación la mantuve con una amiga que lleva muchos años trabajando en puestos de responsabilidad en el ámbito de la cooperación. Alguien que, por ejemplo, pisó hace años la zona de África afectada por el ébola y me decía, con conocimiento de causa, que los miedos que se cernían sobre el Mobile World Congress de Barcelona, por aquel entonces aún sin cancelar, eran fruto de la psicosis y el estigma, pues estábamos ante una epidemia más, en un país del tamaño de un continente.

Y en medio de ese delirio, un equipo de fútbol de la ciudad maldita podía venir a España a entrenar y pasar unos días, porque de nuevo el negocio y el show iban por delante de la coherencia informativa y el sentido común. En paralelo, varios países europeos repatriaban a sus nacionales y los aislaban en hospitales donde, al menos en el caso de España, han pasado la cuarentena sin incidencias, deseando retomar sus vidas en Wuhan, donde seguramente han encontrado la oportunidad de desarrollar una carrera profesional que su país no les brinda.

La suspensión del Mobile

Con información de goteo que los medios coreaban con hiperbólica alarma, varias empresas anunciaban que no irían al Mobile World Congress (MWC), hasta que el 18 de febrero se anunció su cancelación. En un evento al que iban a asistir 2.400 firmas, que se cayeran algunas de las grandes, mayoritariamente no asiáticas, parecía más que suficiente para que la organización declarara motivos de “fuerza mayor“, mientras las autoridades sanitarias sostenían que no había ninguna razón de salud pública para ello, algo que siguen manteniendo semanas después, cuando no se ha suspendido en España ningún evento multitudinario a pesar de que ya hay personas contagiadas.

La suspensión sonaba a guerra económica encubierta, al pánico de la empresa aseguradora, a intereses comerciales de altos vuelos… Su letra pequeña incluía la pérdida de 14.100 empleos temporales que iba a generar el MWC. Me imaginé el miedo de todas esas personas. Sus miedos a no tener suficiente para el alquiler del próximo mes; el descalabro de haber anticipado el precio de un uniforme que no iban a vestir; el descuadre de los días necesarios para una prestación de desempleo tras encadenar varios contratos… En suma, la esperanza de unos ingresos imprescindibles que se diluían como azucarillos en las expectativas de los invisibles.

Un mundo global solo para lo que mola

Somos paradójicos. Nos gusta vivir en un mundo que, para los ciudadanos de ciertos países, carece de fronteras. Nos encanta viajar a la otra punta del planeta y hacernos fotos. También nos priva recibir pedidos que atraviesan miles de kilómetros y nos ahorran unos cuantos euros: artilugios de toda índole y ropa y calzado con origen en Asia. Nos parece normal que en verano nuestras naranjas provengan de Sudáfrica o Argentina, por ejemplo, pero no nos gusta que los virus se muevan en un contexto que nos permite sentarnos en una cafetería de Madrid rodeados de personas que ayer estuvieron en la otra punta del planeta. Y sencillamente, no puede ser.

En un mundo global las amenazas son globales y parece increíble que todavía nos creamos a salvo de algo que ocurre en otro país o continente. No hay que caer en la alarma, pero tampoco vivir pensando que nuestras banderas y vergonzantes fronteras nos puedan proteger de problemas globales como una epidemia o la emergencia climática, que nos debería preocupar bastante más que el CoVid19.

Igual que esos fenómenos meteorológicos a los que hemos decidido poner nombre, los virus se mueven y nos conciernen a todos, aunque en nuestra mano está caer en la histeria colectiva o mantener la calma.

El pánico local y la irresponsabilidad de los medios de comunicación

Por todo lo anterior, para mí era obvio que este coronavirus llegaría a Europa, y que España, tarde o temprano, tendría su primer caso. Por eso me sorprende aún más el pánico que se ha desatado y la reacción de muchos medios de comunicación que han entrado en un irresponsable paroxismo.

La retransmisión de la noticia de cada nuevo caso me recordaba a aquellas remotas tardes de domingo, cuando todos los partidos de la liga de fútbol se jugaban a la vez y un pitido indicaba que se había producido un gol en algún lugar. ¡Gol en la Condomina! ¡Penalti en Carranza!

Los medios, tan raquíticos en sus recursos como en la asunción de criterios éticos y de servicio público, destinaban un equipo móvil a la puerta de cada centro hospitalario donde ingresaba un infectado con unos síntomas de menor virulencia que la gripe común. Y cada comunidad autónoma que se sumaba a la lista de “tenemos el primer caso” repetía la secuencia de torpezas y estupideces de las anteriores.

Al final, las voces de las autoridades sanitarias llamando a la calma se han emitido sin lograr ningún efecto en la población. Supongo que ha hecho más efecto ver mascarillas, tubos de ensayo en los laboratorios y las infografías de la propagación del virus en su dimensión geográfica y numérica. Como decía una profesora de la Facultad de Periodismo que me tocó padecer: “los muertos, primeroooooo”. Pues sí, sobre todo, los muertos; y en el cuarto oscuro, el derecho a la información, la vocación de que un buen periodismo puede contribuir a una ciudadanía crítica y la derrota íntima de quien ve que el oficio con el que soñó es hoy, con contadas excepciones, un verdadero asco.

Mientras tanto, los muertos caen por miles de sarampión en la República Democrática del Congo, 140 niños pueden morir en el campo de refugiados de Moria si no reciben la atención médica necesaria y Siria, por citar solo uno de los escenarios bélicos del momento, se desangra. Ante estos casos plagados de cadáveres, aquella profesora me podría decir que estoy olvidando el factor “proximidad”. En efecto, nos interesa más lo que pasa en nuestro entorno más cercano. Por eso debe ser noticia mirarnos el ombligo, decir que alguien tose y sembrar el miedo, siempre tan a flor de piel y tan interesante para ejercer el control sobre la masa.

Y mientras tanto, ya saben, lávense las manos.

Y ahora… ¿qué?

En el mismo momento en el que guardamos los regalos de reyes y nos deshicimos de sus envoltorios, estábamos dando por finalizado el día de la magia y la ilusión colectivas. Con el mordisco al último trozo del roscón, prometimos iniciar la dieta. Y al volver a encender la tele o el ordenador, los mensajes de buenos deseos se habían esfumado. Con la excusa del debate de investidura, la bronca estaba servida no solo en el lamentable espectáculo proporcionado por algunos de aquellos que el protocolo aún llama “señorías”, sino entre las familias y en las redes sociales, en las barras de los bares y en las pintadas amenazantes.

Con gesto enfurruñado, el 7 de enero arrancó el calendario real de vuelta a la rutina: levantarse antes del amanecer para afrontar la jornada de cada quien, con sus satisfacciones, sinsabores y un remoto horizonte en cuanto a futuras pausas vacacionales.

Y de golpe, como en otras ocasiones, me interpelaba una frase que el personaje del Joven le dice a la Secretaria en la obra teatral Así que pasen cinco años, de Federico García Lorca. Es casi al principio de la misma. Ella le dice “Adiós”, y él la contesta:

– Adiós… ¿y qué? ¿Qué hago con esta hora que viene y que no conozco? ¿Dónde voy?

(Así que pasen cinco años, Federico García Lorca).

No es que me sepa muchos diálogos ni poemas de memoria, pero interpreté esta obra hace muchísimos años, cuando el teatro era algo que me apasionaba y disfrutaba no solo como espectadora (pasión que mantengo), sino cuando me atrevía a estar sobre el escenario y daba vida, por ejemplo, a aquel personaje de la Secretaria escrito por Lorca. 

Reinterpretando el texto y la escena, sentí que los que se despedían eran 2019 y sus últimos fuegos artificiales, mientras todos nosotros estábamos en la piel de ese personaje que se pregunta, en esa frase magnífica y por eso inolvidable a pesar de los años, qué hacer con el tiempo desconocido que se le venía encima.

Mañana será un lunes incontestable. Un lunes que da pie a una semana completa y sin márgenes. La velocidad habitual, las exigencias, el fin de todas las excusas. Podremos empezar a mirar la lista de nuevos propósitos e  intuir las primeras derrotas. Y lo malo no es, como le ocurre al personaje de García Lorca, que no sepamos qué hacer con el tiempo nuevo que comienza ni dónde ir. Lo peor es que sabemos que volveremos a transitar por lugares y momentos que detestamos. Y somos conscientes de que habría que hacer un esfuerzo gigante para intentar cambiar lo que no nos gusta, al tiempo que reconocemos que no todo está en nuestra mano.

Mientras los medios se hacen eco, con la falta de imaginación de todos los años, de los nuevos clientes de los gimnasios o de los que intentarán dejar de fumar; apenas he leído nada sobre transformaciones más profundas, sobre los propósitos que afectan al alma y al espíritu, al fondo emocional de lo que somos. ¿Cuántos pensamientos negativos hemos logrado desterrar? ¿Cuántas personas tóxicas hemos borrado de nuestra agenda de contactos? ¿Cuántos sapos hemos digerido ya con sabor a turrón de almendras?

Es cierto que en pocos días se me ha olvidado la paz y el propósito firmado junto al lago, pero el lago sigue bien cerca. Es cierto que 2020 ha empezado con malas noticias, con la muerte de la madre de un amigo del alma y el sacrificio de un gato de la familia que está muy enfermito, al que acaricié pocos días antes de Reyes. Pero es pronto para rendirse. Aunque el mundo no gire en el mejor de los sentidos posibles y la rutina nos haya golpeado con sus primeras certezas, quedan muchos días por delante.

Así que ante la pregunta del Joven, “¿Qué hago con esta hora que viene y que no conozco?”, la respuesta ha de ser tozuda. Seguir peleando, seguir intentando las metas y los deseos que nos animaban en el primer brindis de 2020. Cambiar lo que no nos gusta y mejorar en primera persona para que sea más fácil levantarse cuando aún no ha amanecido.

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